Vuelvo al barrio, a Diego de los Reyes,
al antiguo mercado con fachada
de hierro y de cristal. Al bar Canela,
al eterno aroma a vino y caracoles.
Allí donde se sienta Juan Antonio,
el Cáscara, con el sillón de sky,
debajo de los plátanos de sombra.
Aún siento gritar a los chiquillos
al fondo de la calle, en los columpios,
y se escucha la voz del cuponero
pregonando la suerte en una esquina.
En el barrio las horas pasan lentas
como pasa la historia por sus calles,
por esos personajes que no cambian,
que saludan gritando de improviso
“¡adiós, cabrón!”, o algún otro piropo.
Es esa algarabía que no cesa,
que te arrulla y te mece y te acomoda,
que teje el gran tapiz de nuestras vidas
con hilo de color de tarde antigua,
como tejen tresillos en invierno
las viejas de la tienda del Barbero.
Es ese puente anciano y encorvado,
testigo de odiseas y retornos.
Es El Faro y la luz de las callejas,
las casas bajas, de zaguán y patio,
los viejos de cigarro y mecedora
contando historias al caer la tarde.

Es el barrio y su espíritu de pueblo
en estos grises tiempos de metrópoli.

30-VI-09

Lo que es el fotochó.

Sevilla queda atrás, allá a lo lejos, como una colección de casas en miniatura, mientras subo por la Cuesta del Caracol, entre los Jardines del Carambolo. La puerta del Aljarafe. Colinas serpenteantes en el horizonte, salpicadas de olivos, rayadas por algún camino que lleva a un más allá desconocido.

Frente a una gran cascada, y desde lo alto de su enhiesta columna, cual plebeya trajana, una aguadora recibe al visitante, junto al Museo de Gastronomía, hogar de placeres incontables. Me adentro en Castilleja de la Cuesta, por su Calle Real, antiguo límite del municipio, y hoy travesía entre lugares.

Tras saludar a los Hermanos Reyes, en su rinconcito de siempre, una calle adoquinada me lleva hacia la Plaza de Santiago, con sus cuatro arcos vigilantes y abiertos al mundo. Allí, en un banco, entre el frescor de la brisa y el aroma a azahar, me imagino sentado en un banco junto al Apóstol Santiago, disfrutando de una de esas tortas de polvorón de la Primitiva, de las de nuestro añorado Andrés Gaviño.

Bajando por la calle de Hernán Cortés me encuentro de frente con la efigie del Conquistador, erguido silente y expectante en el muro de su palacio, ahora colegio de las Irlandesas. De torta a torta y llego a la calle Inés Rosales, un poco más arriba. Un enclave comercial con el nombre e incluso el olor de la clásica -y aún viva- repostería tortera de Castilleja.

Vuelvo al barrio, a Diego de los Reyes, a su viejo mercado con fachada de hierro y de cristal. Al bar Canela, al Kiosco de Juan Antonio el Cáscara. Nada cambia, alegremente. Y aunque ahora el puente sea más alto que nunca, allí sigue  el Faro, al otro lado, con la luz de sus calles estrechas, de sus casas bajas, de sus gentes sencillas. Con el nítido recuerdo de la infancia en medio del bullicio de la autopista. Con el espíritu antiguo de un pueblo en estos agrestes tiempos metropolitanos.

Bienvenidos a Sevilla.

Estaba yo una tarde estudiando en el piso de una compañera de clase. Ella vive en una de esas calles estrechas de Los Remedios profundos. Eran las diez de la noche, ya habíamos cenado y nos fuimos a la terraza para seguir estudiando. De repente, me dio por mirar a las ventanas del bloque de enfrente. Lo que es la vocación de voyeur.

A través de la ventana que caía justo enfrente de la terraza se veía un matrimonio mayor  que cenaba viendo la tele. Era una estampa genial, pero no llevaba encima la cámara, así que le pregunté a mi amiga si tenía alguna. Fue corriendo a buscar su Sony compacta y me puse a toquetearla. Estaba en un rincón privilegiado, medio oculto, y el matrimonio no me había visto.

Pero si no la liaba, no era yo. Y ahistabartío: hice la foto con el flash puesto. El canteo fue máximo. Al principio, los vecinos no se dieron cuenta. Pero cuando fui a echar la segunda foto, sin flash, el hombre ya me estaba mirando con cara de bastante mala leche. Me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: “vamos a ver”. Yo le respondí con el mismo gesto y le pedí disculpas con la mano, pero el hombre seguía con la misma cara de mosqueo, y enseguida su mujer corrió la persiana.

Me sentí bastante avergonzado. Más que por mí, por mi amiga, que es la que tiene que ver a menudo a aquellos dos. Yo no había hecho nada malo. Al menos, aquello no lo había hecho con mala intención. Lo único que quería era inmortalizar una estampa que me parecía estupenda. Quiénes eran aquellas dos personas, qué estaban haciendo o sus mismos rostros, no me importaban ni interesaban en absoluto. Pero claro, eso lo sabía yo. Aquella pareja de casi abuelos no entendió eso. Y creo que les habría dado igual cualquier explicación. Aunque yo sí les comprendí.

Es normal esa reacción de dos personas mayores en este mundo dominado por la imagen, sobre todo cuando ésta es a menudo robada e injuriante. Es normal que aquel matrimonio pensara que quería fotografiarlos para perpetrar Dios sabe qué tipo de fechoría. O quizá pensaran que de verdad soy un voyeur que me divierto espiando a los demás. Ellos nada sabían de los Retablos, ni de la historia de las ventanas, ni de nada de eso. Después de todo, a nadie le gusta que se metan en su vida o en su casa.

A menudo me siento incómodo fotografiando personas. En parte, porque una persona que se sabe enfocada tiende a posar, y no me agrada eso. Pero en realidad es porque siento que tomo algo ajeno sin permiso. Por eso muchas veces, cuando me sorprenden, hay gente que me mira con mala cara y luego se da la vuelta o se levanta y se va. También hay otros que me miran con una mezcla de extrañeza y desconfianza, y que se van o bien se quedan luego de varias tomas y de ver que sólo quieres guardar un instante.

Cuando me escondo para fotografíar a personas y evitar que posen o que se espanten, me siento como un cazador furtivo en medio de un safari callejero. Pero si lo hago abiertamente, me siento indiscreto y descarado. Supongo que todo difiere según las circunstancias, y quizá sea cuestión de centrarse y adaptarse a alguna de esas dos actitudes, o de saber combinar ambas en cada momento. Y vosotros, ¿qué pensáis?

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