A La Valletta se llega de muchas maneras. En barco, en coche o en esas viejas guaguas amarillas que parecen a punto de desvencijarse. Pero se entra a pie. Uno reverencia a los tritones de la fuente y atraviesa andando la puerta de la ciudadela, desarmado y cautivo, como los romanos bajo las horcas caudinas. Abrumado como los caballeros medievales en las calles de Constantinopla.

Uno se siente, irremediablemente, un extranjero más en medio del bullicio de Triq Ir-Repubblika, la calle mayor, una suerte de salón al aire libre con escaparates engarzados en los muros de piedra caliza, a modo de espejos, en el que se celebra un continuo baile de gente entrando y saliendo de las tiendas.

La calle sigue y sigue, cuesta abajo, como el camino en la canción del hobbit, y las casas se estrechan sobre las cabezas de la gente. Pronto aparece una encrucijada. Uno se siente perdido, y a la vez sabe que puede tomar cualquier camino, sin rumbo cierto, y encontrarse por sorpresa a las puertas de la gloria.

Puede desfilar, sin saberlo, bajo la mirada de Cristo, expectante en lo alto de la Co-Catedral de San Juan, y adentrarse en una calle estrecha y en penumbra. Buscar la luz al final del pasadizo y vislumbrar, en la lejana Birgu, las murallas del Fuerte del Santo Ángel, al otro lado del Grand Harbour.

La Valletta es descender por una escalinata, entre pendones rojos y banderas cruzadas. Encontrar una efigie en cada esquina. San Agustín, San Pablo, San Antonio. Asomarse a un balcón, sobre las aguas. Pasear entre héroes y poetas. Acariciar la historia de la ciudadela en una columna carcomida, y saludar al viejo que a sus pies se resguarda del sol de media tarde de septiembre.

En La Valletta el mundo se ensancha y se ilumina, y se siente el abrazo del viento y de los mares. Pero es lugar también para el viajero que prosigue el camino cuesta abajo, por la calle mayor, y deja atrás el bullicio y la gente, lo mundano. Un eco reverbera a cada paso y llama la atención de los curiosos. Hay gente que se sienta en los zaguanes, y hay quien otea el mundo en la ventana. En una puerta, un ramo de casados anuncia la alegría consagrada.

Los callejones trazan un gran dédalo con pequeños tenderetes de verduras, de dulces y chacinas. Los tenderos saludan sonrientes, con voz cálida. No tienen esa pose manierista de los joyeros, y antes de marcharte exclaman sahha (salud) y te bendicen.

De nuevo en la calleja, más abajo, un grupo de turistas charlatanes que salen en tropel de una basílica. Han saciado el deseo de hacer fotos de todo cuanto han visto y ya se marchan. En la puerta hay un cesto para ofrendas y a su lado un anciano lo custodia. Le dejo un par de liras, poca cosa. Me adentro en el templete, me arrodillo a los pies de María y me presigno. Camino entre las sillas un buen rato. En los respaldos cuelgan unas bolsas, y dentro hay misales polvorientos. La tarde va cayendo y el altar se tiñe del color de una vidriera. Estoy sólo en el templo, pero escucho atentamente y oigo voces que cantan la plegaria como ángeles.

La Valletta es el alfa y el omega. Es la luz y la sombra en un instante. Un coloso de piedra y el misterio de todo lo invisible y lo minúsculo. Una estrecha calleja en que se esconde el signo de la vida. Aquel anciano guardián de las ofrendas que contempla contento las dos liras que le echaste, que te abraza al salir de la basílica y proclama God bless you!, jubiloso.

En estas tardes lentas del invierno
añoro de repente el mes de Mayo,
los paseos sin prisas por las calles
del centro, el azahar en los naranjos,
y en las esquinas un perfume eterno
de incienso bajo un palio en Lunes Santo.
En medio de esta tarde silenciosa,
arrimado al brasero en la penumbra,
me pierdo en el recuerdo de las siestas,
las lecturas de sábado en el patio,
el cielo siempre claro, los lagartos
buscando ya la sombra entre las parras,
el canto de algún mirlo en el crepúsculo,
la cena en un balcón, con los amigos.
Me consuela saber que ya es febrero,
que es tarde para el frío, que las sombras
ya están en retirada, y cada día
proclamo con certeza renovada
aquello que una vez dijo Mesanza:
yo soy en Mayo, y es conmigo el mundo.

1-II-2010

Estructura de la Información y Cafe Americaine – L’amour (Loungematic Mix).

Todo poeta desea que el poema que escribió sea escuchado con la misma atención, con la misma predisposición, con las que se escuchan por ejemplo las últimas palabras de un moribundo, esas palabras que, siendo también las que usamos todos los días, parecen provenir de otro idioma, de otro territorio quizás, de esa delgadísima línea que apenas si separa a los que están vivos de los que ya no están.

Sólo si se lee con esa entrega y abandono de sí puede dar la poesía algo de su secreto, esas llamas que iluminen verdaderamente, por un momento, el mundo.

Contraportada de La niebla, de José Mateos, ed. Pre-Textos, Valencia, 2003.

¡Que no, que sólo se ha hundido el puente del Riopudio de Almensilla! Aunque, para una vez que pasa algo interesante en este pueblo, no extraña que la expectación sea similar a la que habría en cualquier otro lugar del planeta si se anunciara el fin del Universo.

Nadie quería perderse tamaño espectáculo, sin parangón en la historia local. Allí fueron todos. Niños, padres y abuelos. Algunos hasta con muletas. Se apelotonaban delante del puente, en la margen derecha (la de Almensilla, claro, no le ibamos a dar el gusto a los de Palomares), hasta llegar casi a la orilla del arroyo (para nosotros, un rio como el Danubio).

Tan sonado fue aquello que hasta las cámaras de la tele vinieron. Claro, era indispensable. Un acontecimiento que no requiera la presencia de las cámaras, ni es acontecimiento ni nada. Pero la exclusiva no fue para Canal Sur o para Antena 3. Ni siquiera para TVE. A pie de río ya se encontraban los servicios informativos de la televisión local para registrar las mejores imágenes de la última hora.

Pero pasaban las horas, y lo único que veíamos era cómo caía un puñado de arena tras otro. Parecía que el puente se negaba a caerse del todo, y el público, expectante y -lógicamente- ávido de más, no estaba dispuesto a consentirlo: había que derribarlo, aunque fuera a pedradas. Después de todo, el hundimiento de un puente es como los eclipses: no se ven todos los días, nunca sabes si vas a poder verlo en tu pueblo y de aquí la próxima vez puedes esperarte sentao.

Al final, todos los esfuerzos fueron vanos, como las pocas pedradas que dieron en el blanco (porque los honderos tenían la misma puntería que los delanteros del Betis). El coloso venció a los elementos (“¡menudos elementos, que me tiran piedras!”, pensaría) y quedó en pie. Y como se acercaba ya la hora de la siesta, los curiosos fueron regresando, decepcionados, como niños que salen del circo sin ver la función de los tigres que se anuncia en el cartel.

No tardé en seguirles. Por el camino iba pensando en todo cuanto había visto, y quedé no poco impresionado cuando tuve constancia de la grandeza de esto que les cuento: la historia de  un sencillo puente que quiso vengarse de quienes le pisoteaban,  y de este modo hizo que, un día, un pueblo entero almorzara huevos fritos.

El que hace esto

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

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