Tras lo que aconteció en clase de Introducción a la Redacción, no tengo sitio en mi interior más que para la indignación. Para el que aún no se haya enterado, Juan Carlos Gil concluyó la clase antes de tiempo con un cabreo de cojones.

¿Qué fue lo que ocurrió? Pues resulta que Juan Carlos, como es habitual en él, se desvivió por ofrecer una clase amena, participativa, reflexiva e interesante, plagada de ejemplos prácticos y actuales aplicados a la teoría que iba explicando. Pero sucede que cierto sector del alumnado de mi clase no reconoce este esfuerzo, y se dedica a molestar continuamente al profesor y a los compañeros, con un murmullo primero, y una charla descarada después, que llegan a exhasperar a la más paciente de las personas.

Juan Carlos, tras pedir silencio en varias ocasiones y advertir que se estaba cansando de la situación, detuvo la explicación para informar a todo aquel que no gustase de estar en clase de Redacción, que podía abstenerse gustosamente de ir y pedirle los apuntes a los compañeros. Declaró que ya no sabe qué tiene que hacer para que esas personas dejen de molestar a los demás, y que la imagen de una clase llena no tiene sentido para él.

Sinceramente, para mí tampoco. No entiendo cómo la gente pierde el tiempo yendo a un sitio al que no le interesa ir, sobre todo pudiendo escaquearse sin consecuencias. Esta actitud de pasotismo me parece triste y estúpida, y la desapruebo totalmente, pero llegados a este punto, incluso me atrevo a pedir a esas personas que se dedican a jodernos a los que sí tenemos interés en las asignaturas que nos son impartidas, que por favor tomen en cuenta lo que se les dice: que si quieren pueden dejar de asistir a clase. Así harán un doble favor: a ellos mismos (aunque en verdad no se estén haciendo un favor, sino todo lo contrario), y al resto de los alumnos, a los que ya no volverán a molestar.

Lo más sorprendente e indignante del asunto es comprobar la empanada mental que tienen algunos especímenes que pululan por la facultad (y por toda la universidad en general). Tiene cojones que un profesor que nos da clase totalmente de gratis y voluntariamente (porque, para variar, no tenemos profesor) tenga que soportar encima los alardes de estupidez e inmadurez de esta gente. Un profesor que lo único que quiere es ayudarnos, y que, sin comerlo ni beberlo, tiene que coger un sofocón. Pues no hay derecho a esto.

Luego dirán que si Juan Carlos Gil es un soso, que si es un malaje, que si corre mucho y va a jierro, que si es de vergüenza que en una facultad el sistema de enseñanza se base en dictar apuntes (doy fe de que he escuchado todos estos comentarios y más)… Pues no sé de qué coño se queja la gente. De todos modos, muchos de los que se quejan son los que luego dan porculo en las clases. Así que mejor que no digan nada, porque ellos se lo buscan (y nos joden a los demás).

Por otra parte, quizá no sea yo el más indicado para hablar de hábitos y de madurez, pero aún así sigo sin explicarme cómo hay sitio en un lugar como una Facultad para gente que no tiene un mínimo sentido del comportamiento en público. Cada día me pregunto cómo es posible que personas normales que lo único que queremos es sacar adelante nuestro futuro, tengamos que soportar las tonterías de especímenes faunológicos de 23 años cuya edad mental es menor que la de algunos niños de 13 años, de lo cual doy fe.

La verdad, me da vergüenza compartir las aulas con gente así. Me da vergüenza formar parte de una generación de descerebrados que en lo único que piensan es en ir a clase para reírse de estupideces a las que ni ellos mismos le encuentran la gracia y en hacer barriladas. Simplemente, me parece auténticamente penoso.

Juan Carlos, estoy contigo: la gente es tonta.