“Mira en lo que se entretienen tus amigos”, oí que me decía mi padre. Y cuando levanté la vista me encontré con la primera página del ABC -ese diario que cada día me gusta más- ante mis narices. Y en ella, una foto de un monigote ahorcado, y ataviado con corona, los colores de la bandera monárquica, una careta del rey y un tiro en el pecho. A su lado, un cartel de los nazionalistas catalanes. En el titular se leía lo siguiente:

Impunidad radical en Barcelona. Ahorcan un muñeco con la cara de don Juan Carlos, los colores de España y un tiro en el corazón, en pleno campus de la Universidad [Autónoma de Barcelona].

En un principio, me hizo gracia la analogía entre el rey y un monigote, puesto que esa analogía no queda tan lejos de la realidad. Sin embargo, no me hizo ni gota de gracia que mi padre me identificara -una vez más en el gran montón de veces- con los pelagatos independentistas que se divierten quemando fotos de las personas. Igual que cuando me compara con los progresitos o con chusma similar.

Tiene España una gran lacra. No, no es ninguna de esas lacras estúpidas, inofensivas e incluso inexistentes por las que se pelean nuestros “gobernantes”, sino una muchísimo peor. Se trata de muchos millones de españoles. Muchos millones de españoles que, cegados por esa política de insulto fácil, crítica vacía, temática inútil, discurso barato y catastrofismo generalizado que hoy en día nos ofrecen esos partidos que se autodenominan mayoritarios, se vuelven acríticos y aborregados en su forma de pensar. “Lo que hace y dice el PP es malo, lo que hace y dice el PSOE es bueno”, por poner el ejemplo flagrante en nuestra querida Sevilla, aunque también -y mucho- en viceversa.

Millones de personas que no saben ver más allá de unas siglas, de pelagatos que se tiran las horas muertas discutiendo sobre el sexo de los ángeles desde su escaño, mientras se llevan el dinero con el que se podrían saldar las deudas que a nosotros nos ahogan. Y ahí llega uno, la mar de feliz, y dice “yo soy de ideas republicanas”, con todo el derecho que tiene a decirlo, y respetando las demás opiniones, esperando, eso sí, que los demás respeten la tuya. Pero resulta que eso no ocurre. Llegan los graciosos de turno, los que no no tiene capacidad crítica para diferenciar entre la B y la V, y te meten en el mismo saco que a los nazionalistas de ERC, que a los batasuneros, y que a los niñatos que queman fotos de personas con derecho a que se respete su dignidad.

Me parece magnífico, oiga.

Mientras pensaba todo esto, seguí hojeando el diario. Y entonces me topé con una noticia cuanto menos preocupante, pero que resultó una conclusión inesperada a la par que tremendamente lógica para el hilo de mis pensamientos.

El Congreso elimina el anonimato de las líneas prepago de teléfonos móviles.

[NOTA: como los graciosos del ABC aún no han entendido las ventajas de abrir la información a todos los públicos en su web, tengo que colgar la información de la página de EL PAIS, aunque al caso es lo mismo]

¿Y ahora qué? ¿Qué implica esto? Pues ni más ni menos que una vulneración flagrante y alevosa de dos de los derechos más elementales de la democracia europea: el derecho a la intimidad y el derecho a la privacidad de las comunicaciones. A partir de ahora, siempre que la policía lo estime oportuno, podrán investigar nuestros datos, ver a quién llamamos, durante cuánto tiempo, y desde qué lugar. Un pinchazo en toda regla. Un Watergate público, al servicio del Estado.

Ahora bien, cualquiera podría alegar que para ello se necesita una orden judicial. Es cierto. De hecho, en la info de EL PAIS presentan esto como uno de los tres requisitos que, supuestamente, garantizan nuestra privacidad. Pero, ¿y si por casualidades de la vida -que no son tales- nos topamos con un juez propenso a cometer abusos, como pasó con el señor Del Olmo cuando secuestró El Jueves? ¿Podremos confiar en el criterio de ese juez para evitar que la policía campe a sus anchas por encima de nuestra intimidad?

Los otras dos barreras que protegen el secreto de nuestras conversaciones telefónicas son, según el diario, que los pinchazos sólo podrán realizarse en caso de “delitos graves”, y que en ningún caso se cederán los datos referentes al “contenido” de las conversaciones. Bueno, para empezar, los delitos graves no se tipifican, así que hay tenemos un buen vacío en cuanto a la interpretación. Y con respecto al contenido de las conversaciones, faltaría más que encima de estar espiado por la policía, se divulgaran mis conversaciones. De hecho, no sé por qué ni siquiera la policía tiene por qué meterse en algo tan privado como mis comunicaciones personales.

Aseguran tanto desde el Gobierno como desde la oposición (hay que ver con los asuntos importantes para ellos, los que dan facha y vistosidad -es decir, los absurdos-, cuánto se pelean, pero con este tipo de abusos qué bien se llevan) que esta ley es una nueva herramienta con la que “dar cobertura legal a las investigaciones policiales”. Con la excusa del terrorismo y las poyas quieren controlarnos hasta en lo más íntimo. Sobre todo hay que alarmarse teniendo en cuenta que antes ya se podían realizar pinchazos, aunque previa obtención de una orden judicial y en caso de delito grave manifiesto. Ahora no, ahora todo es mucho más sencillo.

Algunos, y creo que no hace falta que diga que son los del PP, van más allá e insinúan que el control debería extenderse a los chats y a los foros, argumentando que son las vías “más usadas por las redes de pederastas”. Bueno, muy bonito todo eso. Pero díganme: ¿no hay nada de la posibilidad de controlar aún más de lo que ya se controlan los foros, los chats, las páginas webs y, lo más importante, los blogs? En caso de que esa ley hubiera ido más lejos, millones de bloggers y foreros en toda España nos hubíeramos sentido amenazados, y por tanto hubiéramos tenido que pensárnoslo dos veces antes de hacer una crítica -subida de tono o no-, decir una palabra más alta que otro, poner verde a la $GA€ (cosa que ya hoy en día, y sin ley de por medio, es aceptada por el Estado como perseguible, por culpa de esta mafia de matones) o, por ejemplo -y me da coraje sólo de pensarlo-, cuestionar al rey o a la corona.

Todo esto me hizo pensar al instante en el mundo de V, a esa sociedad cegada por la falta de crítica y conciencia, subyugada a un poder tiránico que los controla hasta en el más mínimo ápice de sus vidas. ¿Será necesario, en un futuro quizá no muy lejano, un V en nuestro país, en Europa, en el mundo entero?

Quizá penséis que desvarío. Incluso yo, mientras escribo esto, pienso que voy demasiado lejos. Sin embargo, leo la pregunta retórica de una diputada de ERC (que tampoco se moja mucho que digamos): “¿Qué está dispuesta a aceptar la ciudadanía en beneficio de la seguridad?”.

Yo sé que yo estoy dispuesto a aceptar una lista de muy poquitas cosas, y desde luego, que se metan por la cara en mi intimidad no entra dentro de esa lista. Ahora, miedo me da lo que estén dispuestos a aceptar esos millones de borregos acríticos que lo mismo lo meten a uno en el mismo saco que a otros totalmente opuestos, que se dejan controlar por no darse cuenta siquiera de qué forma están manejando sus vidas. Eso es lo que me da verdadero pánico.

Entonces, cogí el periódico, abierto por la página que contenía la noticia, y se lo di a mi padre, al tiempo que le decía: “Mira en lo que se entretienen tus amigos”.