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Estaba yo una tarde estudiando en el piso de una compañera de clase. Ella vive en una de esas calles estrechas de Los Remedios profundos. Eran las diez de la noche, ya habíamos cenado y nos fuimos a la terraza para seguir estudiando. De repente, me dio por mirar a las ventanas del bloque de enfrente. Lo que es la vocación de voyeur.

A través de la ventana que caía justo enfrente de la terraza se veía un matrimonio mayor  que cenaba viendo la tele. Era una estampa genial, pero no llevaba encima la cámara, así que le pregunté a mi amiga si tenía alguna. Fue corriendo a buscar su Sony compacta y me puse a toquetearla. Estaba en un rincón privilegiado, medio oculto, y el matrimonio no me había visto.

Pero si no la liaba, no era yo. Y ahistabartío: hice la foto con el flash puesto. El canteo fue máximo. Al principio, los vecinos no se dieron cuenta. Pero cuando fui a echar la segunda foto, sin flash, el hombre ya me estaba mirando con cara de bastante mala leche. Me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: “vamos a ver”. Yo le respondí con el mismo gesto y le pedí disculpas con la mano, pero el hombre seguía con la misma cara de mosqueo, y enseguida su mujer corrió la persiana.

Me sentí bastante avergonzado. Más que por mí, por mi amiga, que es la que tiene que ver a menudo a aquellos dos. Yo no había hecho nada malo. Al menos, aquello no lo había hecho con mala intención. Lo único que quería era inmortalizar una estampa que me parecía estupenda. Quiénes eran aquellas dos personas, qué estaban haciendo o sus mismos rostros, no me importaban ni interesaban en absoluto. Pero claro, eso lo sabía yo. Aquella pareja de casi abuelos no entendió eso. Y creo que les habría dado igual cualquier explicación. Aunque yo sí les comprendí.

Es normal esa reacción de dos personas mayores en este mundo dominado por la imagen, sobre todo cuando ésta es a menudo robada e injuriante. Es normal que aquel matrimonio pensara que quería fotografiarlos para perpetrar Dios sabe qué tipo de fechoría. O quizá pensaran que de verdad soy un voyeur que me divierto espiando a los demás. Ellos nada sabían de los Retablos, ni de la historia de las ventanas, ni de nada de eso. Después de todo, a nadie le gusta que se metan en su vida o en su casa.

A menudo me siento incómodo fotografiando personas. En parte, porque una persona que se sabe enfocada tiende a posar, y no me agrada eso. Pero en realidad es porque siento que tomo algo ajeno sin permiso. Por eso muchas veces, cuando me sorprenden, hay gente que me mira con mala cara y luego se da la vuelta o se levanta y se va. También hay otros que me miran con una mezcla de extrañeza y desconfianza, y que se van o bien se quedan luego de varias tomas y de ver que sólo quieres guardar un instante.

Cuando me escondo para fotografíar a personas y evitar que posen o que se espanten, me siento como un cazador furtivo en medio de un safari callejero. Pero si lo hago abiertamente, me siento indiscreto y descarado. Supongo que todo difiere según las circunstancias, y quizá sea cuestión de centrarse y adaptarse a alguna de esas dos actitudes, o de saber combinar ambas en cada momento. Y vosotros, ¿qué pensáis?

Yo soy la Luz del Mundo. Quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida.

Jn 8, 12

Las campanas del Ayuntamiento repican a sábado. Diez golpes de martillo resuenan en la Plaza Nueva, allí donde se alzaba el antiguo convento de San Francisco. El sonido vibrante se entremezcla con las voces alegres de las gentes que pasean por la plaza, que cabalgan a lomos de una bici, o que charlan sentadas en los bancos, con grandes montones de pipas entre sus manos.

San Fernando, el rey bético, contempla todo desde su altar de gloria. Una sencilla reverencia al monarca, y me pongo en marcha. Por una de las esquinas de la plaza salgo a la Avenida de la Constitución. La tengo ante mí, ancha e interminable, como un paseo hacia el cielo, con ese suelo gris del nuevo siglo, y esas farolas fernandinas de las que emana un aura color siena, como en una foto antigua de dos jóvenes sonriendo a la cámara en la Plaza de América del 29.

Los naranjos saludan al visitante, y su olor a azahar lo abraza todo. Camino entre cientos de personas, que ora hacen fotos, ora comen helados en unos veladores, ora admiran viejas portadas de diarios expuestas en marquesinas. Pero no dejo de mirar hacia arriba, y me sorprendo al encontrar, entre edificios de nueva planta que desentonan con la escena, varias fachadas mudéjares de principios de siglo XX, como la de la Confitería Filella.

Aún Ganímedes me saluda desde lo alto del consulado alemán, y yo ya desfilo por delante de la Catedral, con su nueva cara, su brillante color albero y sus misteriosas inscripciones en color carmín, hechas a sangre y fuego sobre la piedra centenaria del Puerto de Santa María. Más adelante, una paradita al otro lado del Atlántico, junto al Archivo de Indias, cercanos al fin del trayecto.

La campana del tranvía ya me avisa de que la última estación no queda lejos. Ya veo unos destellos al final de la Avenida. El mundo se ensancha y llegamos al Edén de Cristina, con su antiguo encanto vestido de nuevo, alegre y de fiesta como siempre. El río trae un familiar olor a salitre de otros lares, y la noche bulle y resplandece. Se para el tiempo en la Puerta de Jerez, a la luz de los candiles. Rugen en silencio los leones de la anciana Híspalis, y la eterna Madre nos guarda desde su carro de incontables siglos.

Bienvenidos a Sevilla.

A modo de SPAM, les informo de que en Estrellas y Estrellados (el blog que confecciono junto a otros compañeros en la asignatura Empresa Informativa) pueden ustedes escuchar una entrevista exclusiva a la profesora, bloguera y podcaster Sonia Blanco, en la que éste que suscribe le interroga sobre el interesante tema de los blogs, el podcasting y las posibilidades que estos nuevos formatos brindan a los (futuros) periodistas.

Pueden escuchar la entrevista completa en esta entrada. Además, en el blog pueden encontrar muchas otras entradas tanto o más interesantes que ésta. Las visitas cuentan para la nota, pero más cuentan los comentarios, por lo que les ruego que se dejen caer con alguno, por cortito que sea, si no es mucho pedir.

Gracias. Que Dios se lo pague con mucho trabajo y muchos hijos.

Éste es el reportaje que mi compañero de facultad, el fotoperiodista Antonio Rull, presentará como trabajo en el 13º Encuentro Internacional de Foto y Periodismo de Gijón, que se celebrará en dicha ciudad entre el 10 y el 19 de julio. Espero que les guste y que nos ayude a debatir y comentar sobre la temática expuesta en el reportaje, que es aquello para lo que el propio Antonio confiesa que le gustaría que tuvieran en cuenta su trabajo.

Y, por supuesto, le deseo a Antonio muchísima suerte en el certamen, a ver si se viene con un premio debajo del brazo.

El que hace esto

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

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Música: Nobuo Uematsu

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Manifestación del sector del metal en Sevilla - Policía

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