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Me mezclo con una marabunta que espera ansiosa, como delante del Purgatorio, a que se abran las puertas. Entramos todos a la vez, y nos encontramos con más almas, apretujadas, sentadas y de pie. De pronto nos invade una especie de rubor colectivo, la vergüenza de sabernos culpables de una especie de pecado capital que nos condena a compartir estancia con muchos desconocidos. Y por eso todos callamos, evitamos las miradas ajenas y posamos la vista en cualquier trozo de pared que quede libre. Hay incluso una respiración tensa. Se siente pero no se oye, por culpa de los chirridos que llegan desde fuera y nos taladran los oídos. A veces se vuelven a abrir las puertas, y entre la gente que entra en tropel hay otros que salen. Entonces tengo por seguro que a ésos no los volveré a ver. Me inquieto cuando pienso en el tiempo que llevo hacinado allí, y comienzo a preguntarme si finalmente saldré de aquella ratonera, y si lo haré donde yo espero. Quiero saber qué ocurre afuera y echo un vistazo por la ventana, pero sólo veo oscuridad y mi rostro perplejo y angustiado reflejado en el cristal.
No me gusta viajar en Metro.
Dos estampas que ilustran perfectamente la tarde de enología y videoblogueo, el almuerzo en Los Remedios y la borrachera el enardecimiento del alma de que hablé en la entrada de ayer. De sevillanas maneras.


Lo que da de sí una tarde de enología, videoblogueo, comida en Los Remedios, siete cervezas y otros tantos vinos.

En verdad una cosa no tiene nada que ver con las otras, pero eso no quita que cuelgue aquí este fotomontaje del señor Bukowski, que siempre es motivo y excusa para unas grandes y prolongadas risas.













Ecos marismeños