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En un acto de heroísmo y valentía les desvelo el secreto mejor guardado del mundo: un raro ejemplo de los comunicados que emite la élite cultural de Almensilla, esa aldea irreductible situada en algún lugar de la Bética. Nótese que está redactado en el dialecto local, algo que vemos en la curiosa grafía y en la ausencia de acentos. La reiteración de vocales (cf. CAABRON) constituye una técnica para dar énfasis al discurso. Las tres últimas líneas, en negrita, componen un mensaje en cani en clave.

¿Se puede amenazar con más estilo y sutileza?
La otra tarde, un amigo y yo paseábamos por un barrio de Castilleja. Íbamos charlando y de repente escuchamos un frenazo. Un coche había estado a punto de atropellar a un niño de unos cinco años que había querido cruzar la calle sin mirar a los lados.
La madre del niño empezó a gritar al conductor: “¡Qué pasa? ¡Que no ves que tienes un paso de cebra?”. El hombre, un poco aturdido, intentaba excusarse: “Señora… si es que no lo he visto…”. Pero la mujer seguía dando voces: “¡Te tienes que parar! ¡Y si lo llegas a atropellar, qué?”.
Como la señora no dejaba de increparlo -”¡Porque te voy a buscar una ruina!”-, el pobre hombre pidió disculpas y dijo algo más, antes de marcharse: “Pero que sepa usted que la culpa la ha tenido su hijo”. La mujer le contestó algo, pero no pude oírlo por culpa del estruendo del coche, que ya se alejaba.
No le había sentado bien lo último que había dicho el conductor, aunque le dio la razón cuando se volvió y le dijo a su hijo: “¡Y tú a ver si miras antes de cruzar, que eres tonto!”. El grito se sintió en toda la avenida. Aunque seguro que el muchacho sintió más el guantazo que su madre le dio en el culo. Lo sentimos hasta nosotros, que nos encogimos con una mezcla de sorpresa, dolor y compasión. Enseguida llegó el llanto.
El muchacho y su madre siguieron su camino. No pude evitar sonreír después de recordar una cosa, y se la confesé a mi amigo: “Cuántas veces me habré llevado sopapos como ése por lo mismo que ese niño”.
Vuelvo al barrio, a Diego de los Reyes,
al antiguo mercado con fachada
de hierro y de cristal. Al bar Canela,
al eterno aroma a vino y caracoles.
Allí donde se sienta Juan Antonio,
el Cáscara, con el sillón de sky,
debajo de los plátanos de sombra.
Aún siento gritar a los chiquillos
al fondo de la calle, en los columpios,
y se escucha la voz del cuponero
pregonando la suerte en una esquina.
En el barrio las horas pasan lentas
como pasa la historia por sus calles,
por esos personajes que no cambian,
que saludan gritando de improviso
“¡adiós, cabrón!”, o algún otro piropo.
Es esa algarabía que no cesa,
que te arrulla y te mece y te acomoda,
que teje el gran tapiz de nuestras vidas
con hilo de color de tarde antigua,
como tejen tresillos en invierno
las viejas de la tienda del Barbero.
Es ese puente anciano y encorvado,
testigo de odiseas y retornos.
Es El Faro y la luz de las callejas,
las casas bajas, de zaguán y patio,
los viejos de cigarro y mecedora
contando historias al caer la tarde.
Es el barrio y su espíritu de pueblo
en estos grises tiempos de metrópoli.
30-VI-09
Sevilla queda atrás, allá a lo lejos, como una colección de casas en miniatura, mientras subo por la Cuesta del Caracol, entre los Jardines del Carambolo. La puerta del Aljarafe. Colinas serpenteantes en el horizonte, salpicadas de olivos, rayadas por algún camino que lleva a un más allá desconocido.
Frente a una gran cascada, y desde lo alto de su enhiesta columna, cual plebeya trajana, una aguadora recibe al visitante, junto al Museo de Gastronomía, hogar de placeres incontables. Me adentro en Castilleja de la Cuesta, por su Calle Real, antiguo límite del municipio, y hoy travesía entre lugares.
Tras saludar a los Hermanos Reyes, en su rinconcito de siempre, una calle adoquinada me lleva hacia la Plaza de Santiago, con sus cuatro arcos vigilantes y abiertos al mundo. Allí, en un banco, entre el frescor de la brisa y el aroma a azahar, me imagino sentado en un banco junto al Apóstol Santiago, disfrutando de una de esas tortas de polvorón de la Primitiva, de las de nuestro añorado Andrés Gaviño.
Bajando por la calle de Hernán Cortés me encuentro de frente con la efigie del Conquistador, erguido silente y expectante en el muro de su palacio, ahora colegio de las Irlandesas. De torta a torta y llego a la calle Inés Rosales, un poco más arriba. Un enclave comercial con el nombre e incluso el olor de la clásica -y aún viva- repostería tortera de Castilleja.
Vuelvo al barrio, a Diego de los Reyes, a su viejo mercado con fachada de hierro y de cristal. Al bar Canela, al Kiosco de Juan Antonio el Cáscara. Nada cambia, alegremente. Y aunque ahora el puente sea más alto que nunca, allí sigue el Faro, al otro lado, con la luz de sus calles estrechas, de sus casas bajas, de sus gentes sencillas. Con el nítido recuerdo de la infancia en medio del bullicio de la autopista. Con el espíritu antiguo de un pueblo en estos agrestes tiempos metropolitanos.
Bienvenidos a Sevilla.









Ecos marismeños