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Cuando uno llega a quinto de carrera, se plantea muchísimas cosas. Sobre todo se da cuenta de que no vale para muchas de las cosas a las que se dedica. Yo antes notaba que podía no valer para ciertas cosas concretas. Pero ahora esa sensación es general (o global, para los que les gustan los términos vacíos de significado que acuñan los medios).

Veo que hay gente que es una verdadera máquina en todo lo que hace, y otros a los que se les dan mal algunas cosas pero que son genios para otras. Yo me esfuerzo por encontrar algo en lo que pueda hacerlo medianamente bien. Pienso que tengo la ventaja de que, de las muchas cosas que me gustan, me dedico a casi todas, por lo que, probablemente, es más fácil acertar. Pero día tras día tengo una mayor sensación de que formo parte de un tercer grupo de personas: aquellas a las que nada se les da especialmente bien.

No hablo de que no pueda escribir un buen poema, o hacer una buena foto, o escribir un buen artículo periodístico. Eso ya lo he hecho, pero en casos concretos. Yo me refiero a hacerlo continuamente. No siempre, claro, porque es imposible. Pero sí de manera habitual. Eso de ver que vas mejorando (y que realmente sea así), en lugar de ir a peor. Vosotros ya me entendéis.

A pesar de los reveses, sigo esforzándome por hacerlo bien y aprender. Bukowski y Lola me animan a seguir escribiendo, Jack a hacer periodismo, y Beades a seguir con la fotografía. Todos me dicen que lo hago bien, que siga intentándolo. También el afable fotógrafo Pepe Ortega, antiguo compañero, me decía el otro día que la fotografía no es más que cuestión de mirar, de aprender, de ser constante.

Quiero creerles, y sigo erre que erre. Por no defraudarles y porque sé que tienen razón. Pero intentarlo sin descanso cuesta. Y aunque lograr algo es muy gratificante, la quemazón es inmensa -especialmente con ciertas cosas-. Casi no compensa. Y no digamos ya si el resultado es un fracaso.

Lamentablemente, creo que con esfuerzo no se consigue todo, que también hace falta talento -y no me refiero a ese mito del genio creador romántico en el que aún cree mucha gente-. Quizá tenga talento para ciertas cosas -créanme, no imagino para cuáles-, pero no para éstas a las que me dedico, y no creo que vaya a conseguirlo a estas alturas.

La única forma de corroborar o desmentir que soy un bueno para nada es seguir echando esfuerzo, aún sabiendo que no se puede sacar de donde no hay. Pienso, con fe, que el trabajo y el esfuerzo siempre traen sus frutos. Pero también es cierto que ese esfuerzo, sin talento, como la huerta sin abono, sólo dará como fruto algo mediocre.

Hay que ver que algunos listos se otorguen licencia para afirmar que la literatura no tiene nada que ver con el periodismo. Valgan como prueba las montañas de letras que los periodistas dejaremos en herencia a nuestros hijos.

Entre los feeds compartidos de Ángel Ruiz he descubierto este corto impresionante. No tiene otro adjetivo.

Me mezclo con una marabunta que espera ansiosa, como delante del Purgatorio, a que se abran las puertas. Entramos  todos a la vez, y nos encontramos con más almas, apretujadas, sentadas y de pie. De pronto nos invade una especie de rubor colectivo, la vergüenza de sabernos culpables de una especie de pecado capital que nos condena a compartir estancia con muchos desconocidos. Y por eso todos callamos, evitamos las miradas ajenas y posamos la vista en cualquier trozo de pared que quede libre. Hay incluso una respiración tensa. Se siente pero no se oye, por culpa de los chirridos que llegan desde fuera y nos taladran los oídos. A veces se vuelven a abrir las puertas, y entre la gente que entra en tropel hay otros que salen. Entonces tengo por seguro que a ésos no los volveré a ver. Me inquieto cuando pienso en el tiempo que llevo hacinado allí, y comienzo a preguntarme si finalmente saldré de aquella ratonera, y si lo haré donde yo espero. Quiero saber qué ocurre afuera y echo un vistazo por la ventana, pero sólo veo oscuridad y mi rostro perplejo y angustiado reflejado en el cristal.

No me gusta viajar en Metro.

Estaba yo una tarde estudiando en el piso de una compañera de clase. Ella vive en una de esas calles estrechas de Los Remedios profundos. Eran las diez de la noche, ya habíamos cenado y nos fuimos a la terraza para seguir estudiando. De repente, me dio por mirar a las ventanas del bloque de enfrente. Lo que es la vocación de voyeur.

A través de la ventana que caía justo enfrente de la terraza se veía un matrimonio mayor  que cenaba viendo la tele. Era una estampa genial, pero no llevaba encima la cámara, así que le pregunté a mi amiga si tenía alguna. Fue corriendo a buscar su Sony compacta y me puse a toquetearla. Estaba en un rincón privilegiado, medio oculto, y el matrimonio no me había visto.

Pero si no la liaba, no era yo. Y ahistabartío: hice la foto con el flash puesto. El canteo fue máximo. Al principio, los vecinos no se dieron cuenta. Pero cuando fui a echar la segunda foto, sin flash, el hombre ya me estaba mirando con cara de bastante mala leche. Me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: “vamos a ver”. Yo le respondí con el mismo gesto y le pedí disculpas con la mano, pero el hombre seguía con la misma cara de mosqueo, y enseguida su mujer corrió la persiana.

Me sentí bastante avergonzado. Más que por mí, por mi amiga, que es la que tiene que ver a menudo a aquellos dos. Yo no había hecho nada malo. Al menos, aquello no lo había hecho con mala intención. Lo único que quería era inmortalizar una estampa que me parecía estupenda. Quiénes eran aquellas dos personas, qué estaban haciendo o sus mismos rostros, no me importaban ni interesaban en absoluto. Pero claro, eso lo sabía yo. Aquella pareja de casi abuelos no entendió eso. Y creo que les habría dado igual cualquier explicación. Aunque yo sí les comprendí.

Es normal esa reacción de dos personas mayores en este mundo dominado por la imagen, sobre todo cuando ésta es a menudo robada e injuriante. Es normal que aquel matrimonio pensara que quería fotografiarlos para perpetrar Dios sabe qué tipo de fechoría. O quizá pensaran que de verdad soy un voyeur que me divierto espiando a los demás. Ellos nada sabían de los Retablos, ni de la historia de las ventanas, ni de nada de eso. Después de todo, a nadie le gusta que se metan en su vida o en su casa.

A menudo me siento incómodo fotografiando personas. En parte, porque una persona que se sabe enfocada tiende a posar, y no me agrada eso. Pero en realidad es porque siento que tomo algo ajeno sin permiso. Por eso muchas veces, cuando me sorprenden, hay gente que me mira con mala cara y luego se da la vuelta o se levanta y se va. También hay otros que me miran con una mezcla de extrañeza y desconfianza, y que se van o bien se quedan luego de varias tomas y de ver que sólo quieres guardar un instante.

Cuando me escondo para fotografíar a personas y evitar que posen o que se espanten, me siento como un cazador furtivo en medio de un safari callejero. Pero si lo hago abiertamente, me siento indiscreto y descarado. Supongo que todo difiere según las circunstancias, y quizá sea cuestión de centrarse y adaptarse a alguna de esas dos actitudes, o de saber combinar ambas en cada momento. Y vosotros, ¿qué pensáis?

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