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Recordó Winston una vez que había dado un paseo por una calle de mucho tráfico cuando oyó un tremendo grito múltiple. Centenares de voces, voces de mujeres, salían de una calle lateral. Era un formidable grito de ira y desesperación, un tremendo ¡O-o-o-o-oh! Winston se sobresaltó terriblemente. ¡Ya empezó! ¡Un motín!, pensó. Por fin, los proles se sacudían el yugo; pero cuando llegó al sitio de la aglomeración vio que una multitud de doscientas o trescientas mujeres se agolpaban sobre los puestos de un mercado callejero con expresiones tan trágicas como si fueran las pasajeras de un barco en trance de hundirse. En aquel momento, la desesperación general se quebró en innumerables peleas individuales. Por lo visto, en uno de los puestos habían estado vendiendo sartenes de lata. Eran utensilios muy malos, pero los cacharros de cocina eran siempre de casi imposible adquisición. Por fin, había llegado una provisión inesperadamente. Las mujeres que lograron adquirir alguna sartén fueron atacadas por las demás y trataban de escaparse con sus trofeos mientras que las otras las rodeaban y acusaban de favoritismo a la vendedora. Aseguraban que tenía más en reserva. Aumentaron los chillidos. Dos mujeres, una de ellas con el pelo suelto, se habían apoderado de la misma sartén y cada una intentaba quitársela a la otra. Tiraron cada una por su lado hasta que se rompió el mango. Winston las miró con asco. Sin embargo, ¡qué energías tan aterradoras había percibido él bajo aquella gritería! Y, en total, no eran más que dos o tres centenares de gargantas. ¿Por qué no protestarían así por cada cosa de verdadera importancia?
Winston escribió en su diario:
Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema.
George Orwell, 1984.
Tienen un brillo extraño las farolas
bajo esta lluvia tímida
que cae harineando las aceras
y apenas toca el suelo y cubre todo.
A algunos los asusta, y se resguardan
en una caperuza, y se apresuran.
Y hay quienes caminan lentamente,
al compás del goteo en las cornisas,
y miran hacia arriba, y atesoran
unas gotas de otoño en la mirada.
Desde el puente se ve tranquilo el río,
se pierde su reflejo en la neblina
que vela la ciudad y las farolas,
que brillan con el oro de otro tiempo.
8-XII-09
Una duda corroe mis entrañas.
Se vuelve más punzante con los días,
y es ya la desazón de saber cierto
que Dios desperdició toda una vida
al dársela al inepto que esto escribe.
28-XI-2009
Hoy fui a la Casa del Libro de la calle Tetuán y, por 17 euritos de nada, me traje dos libros (1984 de George Orwell y Soy en Mayo de Julio Martínez Mesanza), y además un regalo para mí y para todos ustedes.
Felices las ciudades que conservan
indemnes sus iglesias, y felices
las que, después del siglo, las consagran.
Ninguno dijo en ellas: “Dios no existe
y, si existe, no cuida de nosotros;
mirad, si no, la muerte de los niños,
que le culpa o le niega, y la injusticia
y la tristeza avasallando el mundo”.
Felices porque su esperanza vive
y les hizo decir humildemente:
“La culpa del dolor es sólo nuestra”.
Las Trincheras, Julio Martínez Mesanza, ed. Renacimiento, 1996.
Mirar por la ventana y encontrarme
la trasera de un bloque de viviendas
en vez del centelleo de las luces
de toda una ciudad para mí solo.
Bajar las escaleras y querer
abrir aquella puerta y ver a Trini
y no escuchar su voz en el rellano.
Volver al bar, hallar el dominó
en una caja, beber un vino amargo,
sin parroquia, ni risas, ni tertulia.
Las calles de la infancia, solitarias,
la casa de mis tíos, con su patio
que no ilumina ya la luz del mundo.
Ha llegado el momento de entender
que lo bueno no dura para siempre,
que todo lo perdemos algún día.
10-XI-09









Ecos marismeños