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Mirar por la ventana y encontrarme
la trasera de un bloque de viviendas
en vez del centelleo de las luces
de toda una ciudad para mí solo.
Bajar las escaleras y querer
abrir aquella puerta y ver a Trini
y no escuchar su voz en el rellano.
Volver al bar, hallar el dominó
en una caja, beber un vino amargo,
sin parroquia, ni risas, ni tertulia.
Las calles de la infancia, solitarias,
la casa de mis tíos, con su patio
que no ilumina ya la luz del mundo.
Ha llegado el momento de entender
que lo bueno no dura para siempre,
que todo lo perdemos algún día.
10-XI-09
Encontré aquella vieja cantimplora
escondida en el fondo de un armario,
aún con su redonda pegatina
con dibujos que el tiempo ya borró.
Estaba polvorienta, como entonces,
como en las excursiones del colegio
por el campo, cargados con hatillos
repletos de comida que almorzábamos
al sol, entre los pinos.
Volví a buscarla ayer, con el deseo
de correr por los campos de la escuela,
de tocar ese polvo de la infancia
y ver si descifraba los dibujos
de aquella pegatina desgastada.
Pero no la encontré: la habían tirado
junto a muchos enseres inservibles.
Mi vieja y polvorienta cantimplora
ya está en ese lugar adonde el polvo
acude al polvo en busca de reposo.
Y yo que no seré más ese niño
que iba de excursión con un hatillo.
8-XI-09
He was you, and me. He was all of us.
Si alguna vez te topas de improviso
con alguien que predica en un atril,
invocando la verdad a voz en grito
en medio de una plaza abarrotada
de oyentes expectantes, ten en cuenta
aquello que me dijo un buen amigo:
las verdades más ciertas se revelan
entre cañas y el humo de un cigarro.
20.X.09









Ecos marismeños