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[Publicado originalmente en Sin futuro y sin un duro]
Un tuiteo de @sinfuturo me informó hace cosa de una semana de que varios obispos italianos habían propuesto un ayuno tecnológico para la Cuaresma. Al día siguiente, pude ver en Antena 3 un pequeño vídeo de un par de minutos comentando la noticia. Desde que se hizo pública, esta exhortación ha causado cierto revuelo, aunque por dos vertientes distintas.
El primero de ellos es el de muchos creyentes que discrepan y se preguntan por qué tienen que renunciar a algo que realmente no es malo. “Puedo ayudar a alguien con un sms”, dicen algunos católicos, y también hay quienes plantean la duda entre qué es tecnología y qué no. “¿Es la música algo tecnológico si la escucho en el mp3? ¿Y si lo hago en una gramola?”.
Aunque cabe alguna matización, sin duda el sentido de esta recomendación es bueno. Y realmente no se entienden estas críticas arriba descritas, cuando el propio arzobispo de Módena, Benito Cocchi, que también apoya esta vigilia, ha aportado la clave en una de sus palabras: “desintoxicarse”.
El sentido del ayuno -no sólo el tecnológico, sino también el tradicional- no es sino el de soltar el lastre de lo que no nos hace falta, y renunciar a todo lo que no es necesario en primer término. Evidentemente, si una persona no come nada se muere, y por eso quizá tampoco sea comprensible una vigilia tecnológica total. Escucha música con un mp3 (o en un ordenador) no es malo, al igual que no lo es mandar un sms cuando es necesario o usar una computadora para trabajar o mandar un correo importante.
Pero lo que no ya no es tan sano, lo que realmente nos intoxica (y esto todo lo hemos vivido alguna vez -o lo vivimos día a día, me incluyo-), es estar todo el día dependiendo de los aparatos tecnológicos, como quien está enganchado al twitter/tuenti/MSN, o el que manda mensajes de móvil de forma compulsiva. Como el que está todo el día comiendo sin parar. Abusa de lo innecesario, y uno acaba intoxicado de cosas superfluas. Y ahora que hacmos uso de la red social, adquiere mucho más sentido lo que dice Cocchi: ayunar es “reencontrarse con uno mismo”.
Por otra parte, también hay quien afirma que el ayuno no es más que una recomendación arcaica que hoy carece de sentido, y por eso esta vigilia tecnológica es un anacronismo. Nada más lejos de la realidad. La mejor seña de que la Iglesia corre con los tiempos no es que haya nombrado a la tecnología, sino que ha hablado de vigilia. Porque lo importante no es de qué se ayuna, sino el propio ayuno, y lo que ello implica: desprenderse de lo inútil, renunciar a lo que no nos hace falta y reconquistar la pureza y la sencillez -como la propia Iglesia reconquista sus raíces al preocuparse por este aspecto-. ¿Hay acaso un mensaje más acorde con los días de crisis que nos tocan vivir?
Todos esos ateos y no creyentes que califican a la Iglesia de institución monolítica y cerrada, y a los cuales corriendo se les llena la boca con el cuento de la “renovación” de la institución (es curioso que hablen de algo que no les incumbe, cuando ellos mismos pretenden que la Iglesia no opine de esto o aquello) mediante la ruptura con todo lo anterior, deberían entender que, como en los otros órdenes de la vida humana, hacer eso para dedicarse a asuntos que nada tienen que ver con la naturaleza de uno mismo sólo supone caos y nada, mientras que la búsqueda de la esencia propia en las raíces de la tradición es el mejor ejemplo de renovación que existe.
¿Acaso, pues, hay mejor ejemplo de actualidad que volver a la vigilia?
A callar.

Eso mismo. Por fin. Ya he pisado Cáceres. Después de una y cien propuestas para visitar esta ciudad. Pero ahora con una excusa bien fundamentada: el III Congreso Internacional de Nuevo Periodismo, que ha dado comienzo esta mañana en el Centro de Cirugía de Mínima Invasión Jesús Usón.
Llegué anoche, tras cuatro horas de viaje y con un frío de cojones. Solté las maletas en el hotel y puse rumbo a El Manómetro, en compañía de algunos clásicos (los señores Pablo López, Jake Soulinake y Charlie Torres) y nuevos conocidos (Ali Baimor, Jesús Gordillo, José Daze, Marilink, et alteri).
Por la noche, juerga en la habitación de Charlie Torres, entre chistes, copas de ron y vino, edición de vídeos con cabreos, y destapamientos de secretos y verdades insospechadas. Resultado: acostamiento a las 5.30 de la mañana, y levantamiento a las 7.45 (tardelli, como siempre), y día de cabezadas por todos lados.
Jueves. Primer día de Congreso. Charlas de las autoridades (algo normal). Vienen los principitos. Expectación. Masas que se empujan por conseguir una foto con ellos. Tapas de jamón y otras cosas de picoteo (pero insuficientes ni siquiera para picar). Incertidumbre sobre el almuerzo. Cuando cremos que no vamos a comer, almuerzo definitivo.
Por la tarde, desesperación colectiva por la continua falta de wifi. Más tarde, ya solucionados los problemas -en parte-, interacción entre los congresistas y blogueros, debates, entrevistas, tuiteos, crónicas en vivo, grabaciones varias, e incluso ofertas de trabajo inesperadas. Y al final del día, Ali Baimor que se quería ir del Congreso por las bravas, saltando por encima de las cabezas de los congresistas.
Esta noche, descanso, pero mañana, más Congreso. Más conferencias interesantes. Más debates. Más tuiteos. Más crónicas. Más gente nueva. Y, por supuesto, más fiesta, con la llegada de Pablo Buentes y Ananoke Hime.
Y pensar que no iba a venir…










Ecos marismeños