You are currently browsing the category archive for the 'Me escojono' category.
- Pues estoy trabajando ahora en el gabinete de comunicación de una ONG. ¡Ya ves! ¡Una jefa de comunicación de caché! jeje
- ¿Pero cobras?
- Qué va. En esa ONG no cobramos ninguno. Ni siquiera el presi cobra. ¡Todo por la defensa de la causa! ¿Qué te parece?
- Que el presi te ha engañao en gordo.
[Suena el timbre. En la puerta hay un grupúsculo de niños disfrazados de forma ridícula]
- Truco o trato.
- ¿Lo qué?
- Que venimos a por los caramelos.
- Lo siento mucho, hijos míos de mis entrañas. Los caramelos no me llegan hasta la cabalgata de Reyes.
- Pues entonces tendrás que darnos otra cosa a cambio.
- Bueno, también tengo un precioso mastín de un metro de altura y 40 kilos de peso al que le encanta comer carne cruda de niño.
¡Feliz fiesta de Todos los Santos!
En un acto de heroísmo y valentía les desvelo el secreto mejor guardado del mundo: un raro ejemplo de los comunicados que emite la élite cultural de Almensilla, esa aldea irreductible situada en algún lugar de la Bética. Nótese que está redactado en el dialecto local, algo que vemos en la curiosa grafía y en la ausencia de acentos. La reiteración de vocales (cf. CAABRON) constituye una técnica para dar énfasis al discurso. Las tres últimas líneas, en negrita, componen un mensaje en cani en clave.

¿Se puede amenazar con más estilo y sutileza?
Un documento audiovisual antológico que pasará a los anales de la historia.
La otra tarde, un amigo y yo paseábamos por un barrio de Castilleja. Íbamos charlando y de repente escuchamos un frenazo. Un coche había estado a punto de atropellar a un niño de unos cinco años que había querido cruzar la calle sin mirar a los lados.
La madre del niño empezó a gritar al conductor: “¡Qué pasa? ¡Que no ves que tienes un paso de cebra?”. El hombre, un poco aturdido, intentaba excusarse: “Señora… si es que no lo he visto…”. Pero la mujer seguía dando voces: “¡Te tienes que parar! ¡Y si lo llegas a atropellar, qué?”.
Como la señora no dejaba de increparlo -”¡Porque te voy a buscar una ruina!”-, el pobre hombre pidió disculpas y dijo algo más, antes de marcharse: “Pero que sepa usted que la culpa la ha tenido su hijo”. La mujer le contestó algo, pero no pude oírlo por culpa del estruendo del coche, que ya se alejaba.
No le había sentado bien lo último que había dicho el conductor, aunque le dio la razón cuando se volvió y le dijo a su hijo: “¡Y tú a ver si miras antes de cruzar, que eres tonto!”. El grito se sintió en toda la avenida. Aunque seguro que el muchacho sintió más el guantazo que su madre le dio en el culo. Lo sentimos hasta nosotros, que nos encogimos con una mezcla de sorpresa, dolor y compasión. Enseguida llegó el llanto.
El muchacho y su madre siguieron su camino. No pude evitar sonreír después de recordar una cosa, y se la confesé a mi amigo: “Cuántas veces me habré llevado sopapos como ése por lo mismo que ese niño”.









Ecos marismeños