Comienzo aclarando a los no-aborígenes de la gloriosa urbe de Sevilla que la Cartuja es el sector más noroccidental de la ciudad, en cuyos terrenos se ubicó antaño la mítica Exposición Universal de 1992, y que hoy acoge el parque empresarial Cartuja 93, donde se encuentra nuestra antológica Facultad de Comunicación. Aunque a lo largo de los años haya estado a cargo de estos organismos empresariales, toda esta zona, como es lógico, no es ningún recinto privado. Por tanto, no se explica por medio de ninguna razón que a ciudadanos normales y decentes, que contribuyen al mantenimiento del parque viniendo aquí a diario a estudiar o trabajar, se les impida disfrutar de zonas verdes TOTALMENTE PÚBLICAS, como el parquecito que hay detrás de la fcom.

Para expresar debidamente mi descontento, expondré los hechos acaecidos un día en particular: el 29.03.06, día en que nos encontrabamos en el susodicho parquecito celebrando el cumple de la pepi a base de tartazos. Y es que resulta que a las 3 de la tarde, la hora que más pegaba pa estar allí echao reposando las lentejas, a los responsables de la dirección no se les ocurre otra cosa que poner los pericos, con el único fin de impedir que nos sentemos a disfrutar de un rato de tranquilidad en, vuelvo a insistir, UN PARQUE PÚBLICO.

Pero con eso no había bastante, y desde Cartuja 93 nos volvieron a dejar claro que los parques de la Cartuja no son públicos. Tras habernos mudado de emplazamiento, contemplábamos cómo unos chavalen tocaban las pelotas (es decir, jugaban al fútbol), cuando de repente aparece un coche de PROSEGUR, empresa de “seguridad” privada con la que la dirección del parque ha establecido un contrato, se baja del mismo un prosegurero to gordo, y los echa de allí porque “está prohibido jugar al fútbol”. Esas fueron sus palabras, y tamaña mi sorpresa ante tan colosal contradicción. ¿Desde cuando en un (otra vez) PARQUE PÚBLICO no se puede jugar al fútbol, ni siquiera sentarse a charlar? Si hubiera plantas delicadas lo comprendería. Pero habiendo únicamente grama, no le encuentro la lógica, la verdad. Menos mal que los chavales eran personas normales y, en cuanto los prosegureros revolvieron la esquina, retomaron la pachanga.

Lo que más choca del asunto es que la dirección de Cartuja 93 se vea obligada (no sabemos por qué circunstancias) a contratar a PROSEGUR para que “cuiden y vigilen” el recinto. Lo de “cuiden y vigilen” lo pongo entre unas comillas bien grandes, porque es como la ONU, algo más teórico que práctico. En especial teniendo justo enfrente de la fcom la jefatura de la policía local (PLICIA LOCAL, tal y como reza el letrero), un edificio inmenso con un viaje de coches-patrulla (aunque en el caso de la policía local más vale decir coches-paseo). No voy a entrar en especificaciones técnicas sobre esta epecie aparte, ya habrá tiempo para hablar de ellos. Pero sí tengo que alegar que bien podrían echar mano de esa plantilla de vagos, pues, aunque sean totalmente inútiles, al fin y al cabo, para lo que hacen los prosegureros también podrían ponerlos a ellos. Y así de paso se ahorrarían unas pelillas que podrían invertir en otras cosas, dícese de arreglar la Cartuja.

Porque eso sí, mucho poner vallitas blancas para delimitar el terreno que creen que es suyo, pero a la hora de hacerse cargo de la manutención del mismo, todos se lavan las manos mirando hacia otro lado mientras se pasan la bola con los pies. Y la verdad, no es porque no haga falta.

No sé cuántos años llevarán los aparcamientos del solar de los monoraíles (esa es otra) con los arbustos dando porculo, pero pa mí que muchos. Resulta que como la Cartuja anda tan bien de espacio para estacionar (véase aparcamiento monasterio, empetao hasta las trancas a las 7.30 am), pues cogen los señoritos de Cartuja 93 y se permiten el lujo de dejar en el estado en que están unas plazas bastante suculentas por su emplazamiento (detrás de la fcom). y un buen número de ellas, porque si fuera decir “son cuatro metros”…

Mas claro, como la cosa va de incompetencia, ¿qué hacemos? En vez de arreglarlo nosotros mismos, que somos los que tenemos que arreglarlo, lo dejamos en manos del gran experto en desfacer entuertos para facerlos de nuevo en mucho mayor calibre: don Alfredo Sanchéz Monteseirín (o Montesierrín, por su conocida afición por las plantas, en concreto por su madera caída). ¿Y que hace el señorito alcalde? Pues en vez de coger por la vía fácil, esto es, talar los arbustos con motosierra (no sé cómo no escogió esa opción, con lo bien que se le dio en la Constitución y la Plaza Nueva), va y les echa herbicida, con lo cual ¡sí!, acaba con los arbustos, pero también con cien ejemplares de árboles raros de la avenida de Carlos III. Y todo este desperdicio para “aprovechar” una superficie mínima, cuando aún quedan por arreglar cuatro parkings más utilizados que el citado, y que además sufren del mismo mal.

Después de todo esto, no es de extrañar que Sevilla tenga a la Cartuja por un apéndice olvidado, como si aún fuera aquella isla remota a la que huyeron los monjes en el XVII…