Dícese que se decía que existió en cierto tiempo, allá por las latitudes sureñas de la España contemporánea, un curioso personajillo de esos que dan para escribir historias como la que en estas líneas se narra.

Cuenta la leyenda que este personaje de nombre desconocido, pero al que todos se refieren como “el Sheriff”, nació de la unión de un saco de harina y un pelapapas, y de ahí que sea más blanco que una pescaílla y tenga la chorla más lisa que una bola de billar. Sin embargo, fue adoptado por un bondadoso matrimonio que se ganaba la vida haciendo vinagre con las uvas de su pequeño viña. Un día, al pequeño cabezón le dio por leer un cómic de Astérix, lo que le ocasionó un grave trauma que lo impulsó a emular a Obélix en su famosa hazaña de caerse en una marmita, aunque en este caso llena de vinagre (como es lógico dado la familia que lo había adoptado). El vinagre le entró por las orejas (como a Risco y a mí el agua), y desde entonces es poseedor de ese carácter avinagrado que le caracteriza.

Creció clasificando las etiquetas de las botellas de vinagre, un factor que despertó en él su verdadera vocación, y ya desde muy joven decidió que quería dedicarse en cuerpo y alma a dicha tarea. Y así fue que se metió a bibliotecario, si bien con el tiempo opositaría también para videotecario, encontrando felizmente una plaza laboral en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Esto nos hace pensar que, si lo cogieron a él, en la capital andaluza debían de andar muy justitos en cuanto a bibliotecarios.

Desde sus inicios laborales, destacó por poseer un espíritu ganador y competitivo, por su profesionalidad y su adaptación al papel que le había tocado desempeñar, pues no permitía que en la sala de lectura se oyera ni el ruido de una mosca, al tiempo que recordaba a todos que la Facultad es un lugar para gente seria, haciendo uso de un careto de chofer de Tussam. Pronto adquirió fama de estúpido y saborío, comenzaron a llover las críticas hacia esta actitud, y por eso se ganó su actual apodo, pero la cosa es que gracias a ello la carrera del Sheriff ascendió de forma meteórica (vamos, que iba parriba que escarbaba), y así se afianzó en la posición de poder y liderazgo en su entorno laboral…

Sin embargo, este curioso ser de procedencia extraña no sospechaba que a su alrededor pululaban elementos disidentes con ganas de cantarle las y tantas. Y así fue que, según crónica del christophereño, en una jornada matutina tal como la de hoy, cierta mujer de aprox [punto] 22 años, rubia, y de alto y esbelto porte, fue hallada por algunos usuarios del biblioteko dedicándole todo un repertorio de piropos al Sheriff, tales como: “¡Es que eres un jilipollas y un saborío! ¡¿Pero tú te puedes creer que se puede tratar a las personas como tú las tratas?!…”. Etecé, etecé, etecé. Desconocemos la identidad de dicha fémina, aunque tampoco nos importa.

Lo único que queda claro tras esta pintoresca anérdota es que el pobre hombre de cabeza pelada se ha visto obligado, tras muchos años de esfuerzo, a renunciar, primero, a su personalidad avinagrada y estúpida, y segundo, a su posición dominante en la organización bibliotecarística. Y es que parece que esas palabras han hecho mella en lo más profundo de su alma, y por eso en los últimos tiempos podemos verlo dando los buenos días y paseando por los pasillos con un amago de sonrisa que apenas le asoma en la comisura de los labios, pero que para él ya es una carcajada.

Desde El Arrozal deseamos de todo corazón toda la suerte del mundo al Sheriff, para que afronte esta nueva andadura con un careto más sonriente y una actitud un poco más amable. No obstante el final feliz de esta historia, aún anhelamos que los operarios de la cafetería y el comedor tomen un poco de ejemplo y modifiquen también su concepto de “agradable”…