A Roci, que no se cansa de tirar de
mí para sacarme de la madriguera…

Como un reloj, abro los ojos a las 2 de la mañana, como las tres noches que llevo alojado en aquel pisito de la calle Chiquita. Incapaz de dormir, asaltado por los recuerdos, no me queda otra alternativa que levantarme y ponerme a dar vueltas, aunque todavía no sé si a los 40 metros cuadrados de piso o a los rincones de mi mollera.

Permanezco pensativo un rato, con la vista fija en el suelo, sin prestar atención a los rumores que se filtran a través de paredes de papel de fumar. Ecos de conversaciones “íntimas”, y tan íntimas, porque a veces la conversación daba para más…

Así pues, opto por armarme de mi mp3 y de unos cuantos bolsones de pipas, para enfrentarme al abismo del balcón. Desde él se puede divisar una buena parte de Algeciras, ese pueblo que a nadie gusta, pero que en el fondo cala en todos, y en cada alma que lo recorre deja impresa la huella de su espíritu, una recuerdo imborrable, casi místico.

Apostado en mi trinchera de cielos estrellados, contemplo las calles colindantes, vacías de cuerpos, pero repletas de almas de otros tiempos, que hacen compaña a los rebeldes como yo que jugamos a desafiar a la madrugada con nuestra presencia. Observo los edificios, el campo de la feria, un parque con bancos y columpios, un lugar perfecto para compartir estas horas de soledad con ella.

Pero ella no está aquí. Está lejos. Cientos de kilómetros más allá. Sí, allí está su cuerpo, envuelto como siempre en una nube dorada, envidia de los ángeles. Sin embargo, su corazón surca las praderas de los campos de los dioses, libre como un pajarillo a la luz del atardecer. Demasiado distante para alguien maldito como yo.

Suspiro, y me abato un poco más, hasta rozar con el alma destrozada el frío suelo de mármol. Ya no pasa nada por mi cabeza, tan sólo una melodía que me eleva desde el umbral de las tinieblas de nuevo hasta el mundo de los vivos. Pasan las horas, y lo único que acontece es el cric crac de las pipas al romperse su cáscara y los camiones de basura que pasan una y otra vez por las calles lejanas, dejando en la lejanía el sonido sordo de los bombos al ser volcados.

Alzo la vista poco a poco, y me encuentro de frente con el Peñón. La Roca Solitaria, siempre coronada por un jirón de nubes, como un bastión inexpugnable, bordeada de un haz de puntos luminosos, diminutos y centelleantes a la brisa de la noche. Pienso que tal vez detrás de allí haya algo. Algo nuevo, por descubrir. Nuevos horizontes para un viajero sin rumbo.

Las conversaciones y sus complementos se interrumpen mientras yo deliro. Presiento, sin verlo, cómo el Coke y el Nando abandonan en silencio sus aposentos para ir a tomar un vaso de agua y encandilar un fílter, y cómo permanecen parados a mis espaldas, en medio de la salita, clavando sus miradas en mí, dubitando si acompañarme en mi duelo interno o volver a sus asuntos. Al rato, un leve sonido de picaportes y bisagras me indica que se han batido en retirada.

Pronto amanecerá. Me lo cuentan en secreto las gaviotas, a quienes tanto ama mi amiga Jessy, porque hacen de despertador para ella, aunque programado a las cinco de la mañana. Los primeros destellos del carro de Helios asoman tras la Roca, y yo me relajo, contemplándolos, hasta que una visión espectral rompe la ligera bruma del horizonte, entre el aroma a salitre que arrastra la brisa.

Allí está ella. Viene hacia mí, portando en sus labios su inocente sonrisa de niña eterna. Corre a mi encuentro, en un extenso campo de girasoles. Yo la sostengo y acaricio, durante un minuto, o quizás una eternidad. Noto cómo alguien me acaricia también a mí, me besa en la frente y me lleva en volandas hacia mi lecho. Creo ver que el Coke y la Lola cruzan de lejos por el campo de girasoles, y entonces comprendo, y sonriendo, con mi diosa en los brazos, susurro: “Mañana será otro día”.