Ayer tarde se quejaba el Pablo de una serie de granitos que le estaban saliendo por no sé qué parte del cuerpo (puesto que yo no estaba echando cuenta debido al sueño que tenía en lo alto). A ello respondió el señor Lopy con otra posibilidad: “Pablo, a ver si eso va a ser de las plaquetas…”.

Pa qué le dijo na. Ya le entró al otro la vena científica. “¡¿Pero cómo van a ser plaquetas, cojone?!”, preguntó el Pablo, herido en su orgullo. Lopy y yo intercambiamos una fugaz mirada, y nos lo dijimos todo. Y ahí empezó la retahíla comediesca:

· Lopy: “¡Que sí cojone, que yo estuve malo con las plaquetas!”
· Pablo: “¿Pero qué tienen que ver las plaquetas, si esto es de la sangre?”
· Lopy: “¿Y las plaquetas donde están?”
· Pablo: “¡En la garganta! ¡Eso es lo que te sale cuando te resfrías!”
[Nueva mirada]
· Lopy y Jesu (al unísono): “¡¡Carajote, lo de la garganta son placas!!
· Lopy: “¡Aro, las plaquetas son las que te curan las heridas!”
· Pablo: “¿Qué heridas? ¡Lo que te cura las heridas son los glóbulos blancos!”
· Lopy y Jesu (exhasperados): “¡¡Qué globulos blancos!! ¡¡Que no, que son plaquetas!!”
· Pablo: “¿Plaquetas de verdad? Pero así no se llamaban, deben de tener otro nombre…”
· Jesu: “Que sí , huevos, que son lo de las heridas, las postillas”
· Pablo (en un ataque de lucidez): “¡Eso, postillas es un buen nombre!”

El Lopy y yo nos volvemos a mirar, y con ese fugaz cruce de ojos acuosos a punto de llorar, decidimos dar por zanjada la discusión, abandonando al Pablo en su desconocimiento de las plaquetas.

Desde el arrozal, una historia sin gracia más.