El pasado sábado me ocurrieron dos cosas que pusieron totalmente a prueba mi capacidad de reacción. Una de ellas fue, digamos, de reacción inmediata. La otra, de reacción a posteriori.

Pues bien, la de reacción inmediata me dejo cuanto menos perplejo (aunque ya lo estaba a causa del otro acontecimiento, que ocurrió antes, aunque lo citaré en último lugar). Resulta que una muy gran amiga mía, que es para mí como una hermana, ha tomado una importante y, a su juicio, irreversible decisión: dejar la relación con su pareja. Esto ha supuesto una losa para ella, que está triste por tener que dejar su relación obligada por numerosos motivos, pero también porque no quiere hacer daño al chaval, y se siente culpable por ello. Pero también es duro para mí, porque a ambos los quiero un montón, y yo tenía especial apego a esta relación.

Cuando mi amiga me estaba contando su decisión, los motivos y sus temores al futuro, entre otras cosas, intentando desahogarse, aunque más bien se ahogaba en su propio llanto, yo la miraba callado, asintiendo sin decir nada, con una lágrima en el ojo. La voz no me salía, o yo no quería que saliera, porque no conseguiría decir nada coherente. Soy muy bueno, o al menos eso me dicen, para animar a los demás, para calmar al que llora sin consuelo, o al menos para servir de pañuelo. Pero cuando alguien me cuenta algo así, me vuelvo un instrumento totalmente inútil. Sólo sirvo de clinex, para acariciar la mano del pobre que me cuenta sus penas e intentar consolarlo así, transmitiéndole mi apoyo invisible.

“¿Qué digo? ¿Qué hago? ¿Cómo puedo intentar que no tome una decisión tan brusca?”, me preguntaba en todo momento mientras ella hablaba entre sollozos. Decir y hacer, más bien podía poco. Eso lo deduje al instante. Pero hasta que no comprendí que la cosa no tenía más solución que esa, no vi claro que cuando alguien toma una decisión, y sobre todo estando convencida esa persona de que debe hacer eso, uno no puede -¡ni debe!- hacer nada. Simplemente porque sería como intentar hacer un hueco sin arena en el desierto. Las cosas hay que afrontarlas tal como viene. Eso lo digo yo constantemente. Así que lo único que puedo -y debo- hacer para con mi amiga es ayudarla a llevar lo mejor posible esa decisión que ha tomado, apoyándola y ayudándola en todo lo que pueda.

El otro acontecimiento es más de carácter personal y, si se quiere, psicológico, además de ser, como apunté más arriba, de reacción posterior al hecho. No detallaré el suceso, ni diré quién lo protagonizó, aunque si esa persona lo lee, sabrá perfectamente que va por ella. Así que, ya puestos, es conveniente que se de por aludida. Resulta, pues, que hay veces (continuamente, para qué engañarnos) que me da la sensación de que todos a mi alrededor pasan de mí. Al menos la inmensísima mayoría (no es justo excluir a los que me apoyan).

Muchos dirían que si me las doy de víctimas, que si lo digo constantemente sabiendo que no es así, que me gusta sacar el tema una y otra vez… Me gustaría saber que dirían si esas personas hubiesen sido testigos de la prueba que me dieron el otro día, cuando me dieron la espalda y se fueron sin hablarme delante de mis narices. Cada día tengo indicios claros, pero lo del otro día es como el argumento definitivo que esclarece un crimen sin resolver, la prueba fehaciente de un secreto a voces. Después de eso, que ocurrió el sábado pasado, me he sentido muy bajo de ánimos, pues aunque pienso constantemente en ello y me deja vacío por dentro, hacía ya tiempo que lo había dejado en segundo plano. Lo peor de todo es que si hubiera sido una persona con la que apenas tuviese relación, no me hubiera importado. Pero siendo una persona a la que tenía en gran estima, la decepción es enorme.

Ahora, cada vez que tengo un indicio de que sobro en un sitio, de que no pinto nada con nadie, de algo parecido, ello se acrecienta por culpa de esto que cuento aquí. Y ahí entra mi pregunta: ¿qué hacer? ¿Qué se supone que debo cambiar de mí mismo? ¿Por qué la gente se asusta de mí, y me rechaza, y me deja a un lado? No digo que esté marginado, ni mucho menos, pero sí siento que mi presencia sea en muchas ocasiones poco menos que fantasmagórica, un lastre en medio de la reunión, sin nada que aportar a la misma, sin nada que decir. Una posibilidad era cambiar mi forma de ser, incluso forzadamente. No digo que sea un encanto de persona, ni muchísimo menos, pero ahora soy visiblemente más alegre y, por ende, más sociable que antes del verano. Y aún así sigo viendo como sigo sin conectar con el 95 % de la gente. Quizá sea que tengo poca conversación, que sólo digo tonterías, que no soy interesante o algo similar. Todo ello es cierto, lo tengo asumido, pero aún así, no sé que puedo hacer más. Todo eso es algo que no puedo cambiar.

Otra opción, ésta sí que parece definitiva, es la de hablar cuanto menos posible, y evitar intervenir a menos que sea necesario. Ello no conllevaría un amargamiento o una cara larga, sino simplemente silencio. Porque para decir tonterías fuera de lugar y contexto, siempre hay tiempo, y como yo soy especialista en ello, pues no hay más que hablar. La verdad es que me siento tela de decepcionado, incluso triste por momentos. Sobre todo ahora que empieza el nuevo curso, y lo veo todos los días.

Sé que muchos, por no decir todos, pensarán lo que apunté antes, que me las doy de víctima, sin serlo, que soy un exagerado y cosas por el estilo. Vale, que digan lo que quieran, pero ello no saben cómo me siento, ni por qué lo digo, porque por mucho que me explique, y por muchos ejemplos que dé, ellos jamás sabrán a qué me refiero. Seguramente no es más que una tontería, un problema sin importancia al lado de los de muchas personas. Es muy posible, incluso probable, que tengan razón, que yo no esté haciendo otra cosa que poner el grito en el cielo por algo que no existe. Pero, como le dije hoy al Pablo, esto es lo que siento. No espero que nadie me ofrezca su comentario ni su opinión, porque entre otras cosas no las pido. Al que le guste bien, y al que no pues nada. Dixit.