Hay momentos en los que uno está espléndidamente feliz, contento, maravillado de la vida, porque ve que todo le sonríe. Momentos en los que uno hasta recupera la confianza en sí mismo, y se siente capaz de cualquier cosa.

Pero al poco, en cuestión de un puñado de días, uno se detiene involuntariamente a pensar, a analizar, las cosas vienen solas a su mente, y se da cuenta de que las intenciones que hace poco se propuso con tanta decisión, aquellas en las que primeramente puso tanto énfasis en cumplir, al final se han ido marchitando casi sin darse cuenta. Han perdido su fuerza, su valor. Ya no hay ganas de llevar a cabo dichos propósitos, aunque ahora más que nunca sea el momento de hacerlo.

En esos momentos, uno se pregunta cuál es el valor de una intención, si merece la pena proponerse las cosas, aun a sabiendas de que luego, más tarde o más temprano, acabará tirándolo todo por la borda, y pasando de ellas sin ni siquiera haber muerto en el intento. Cobardía, desidia, indiferencia… Son palabras que me vienen a la mente. Pero ante todo, la que mejor ilustra todo esto es hastío.

Hastío, de intentar una y otra vez las cosas y ver que no han salido, aunque eso fuera en otro tiempo y ahora las circunstancias sean diferentes, y la coyuntura más propicia para intentarlo. Hastío de tener que estar pensando la mejor forma de llevar a cabo un “plan de vida” con el miedo constante de meter la pata y que todo lo que has construido se vaya de nuevo al carajo. Hastío de llevarte un nuevo desengaño.

Al final, todo esto deriva en una indiferencia suprema, ya que ves con impotencia, casi como desde la butaca del espectador que asiste a una tragicomedia de mal gusto, que no puedes hacer nada, porque tu propia conciencia atrapada en los errores del pasado te lo impide. Te dan ganas de evitar hacerte ciertos propósitos, porque sabes que al final no vas a conseguir lo que intentas llevar a cabo, bien porque no sepas hacerlo de forma correcta, bien porque ni siquiera lo hayas intentado.

¿Qué valor tiene una intención? ¿Cómo mantener aislada la voluntad, ya de por sí volátil y huidiza, de los temores que me provocan los hechos de antaño? ¿Por qué es tan difícil dar el primer paso? Son preguntas sin respuesta que me llevan, a base de reiterarlas en mi mente, a la desidia de no querer saber nada que no tenga que ver con mis obligaciones más inmediatas. Lo que se suele llamar un círculo vicioso.

Lo peor de todo es que, al final, sucede lo más indeseado, y por ende lo más inevitable: la falta de voluntad ciega el ánimo. Sí es verdad que esto te toca la moral y te hunde un poco, aunque espero que no sea para tanto. Al menos espero aguantar decentemente hasta encontrar un nuevo propósito vacío de contenido con el que ensalzar el día a día.