Cuando ves que las 24 horas del día son pocas para las que en verdad te hacen falta, y encima pierdes alrededor de 4 de ellas entre autobuses, madrugones y chorradas varias, acabas replanteándote la organización del tiempo (en mi caso, nula bastante escasa).

Juan sopaAl final, otorgas prioridades a ciertas actividades que no te da tiempo a desarrollar plenamente, pero que son de vital importancia. Hay gente que en los ratos perdidos en el autobús, esperando para las clases, o mientras comen y hablan con su amigo Roca, deciden hacer cosas tan singulares como estudiar, leer libros, informarse con la prensa o cosas más extravagarias. Pero es que para planificar bien hay que saber qué es lo verdaderamente importante, y yo eso lo tengo muy claro: dormir.

Cuando tienes que levantarte a las 5.40 porque si no no llegas a fcom a tiempo, y has de acostarte a la 1 porque tampoco te da tiempo a terminar todo lo que tienes que hacer, y encima los findes tienes que levantarte temprano porque aún te quedan flecos que recortar, lo que haces es sacar de hasta debajo de los peñascos del campo un ratito pa dormir.

Eso es lo que yo hago, básicamente. Mis ratitos favoritos son por la mañana, cuando llego a fcom con una hora de adelanto y no tengo nada que hacer, y también en los intercalamientos temporales entre actividades diversas. Pero lo más divertido (y productivo a la vez) es el autobús. Tanto el Tussam como el de Almensilla. El runrún y el vaiven hace que vayas cayendo poco a poco en un letargo somnoliento, y rápidamente, sin darte cuenta, te encuentras pegando cabezazos en el cristal mientras te resbala la baba por la barbilla.

Claro, que no todo es lujo y placer en los autobuses, ya que en ellos se corre un grave peligro. Al menos en algunos. Porque mientras en la línea de Almensilla me puedo permitir el lujo de roncar sin preocuparme de por dónde voy, ya que mi parada es de las últimas, en los Tussam mi sueño es mucho más intranquilo, porque imagínate que me paso de parada y en vez de en la fcom termino en Nervión. La verdad, es un pensamiento que hace que me revuelva en mi lecho de sueño, y así me tiro todo el viaje dando tan sólo cabezaítas.

Pero, por otra parte, tenemos otros métodos alternativos que pueden satisfacernos sobremanera, y sin peligro alguno. Éste que voy a relataros, por supuesto, ya lo conocía yo desde mucho antes. Pero ayer lo desempolvé tras mucho tiempo y lo puse en práctica con un rotundo éxito. No os hablo de otra cosa que de la siesta educativa. Sí, lo que de toa la vida se ha conocío como quedarse frito en la clase.

Siesta-busMaravillas de la docencia universitaria, ayer nuestra gran prosora de Literatura Hispánica, María Jesús Orozco, nos puso el vídeo de la obra de Arrabal titulada El arquitecto y el emperador de Asiria. Una mierda, vamos. Los que denominan a esto como teatro del absuro, más bien deberían decir teatro del estúpido. El pobre Pablo dudaba entre irse o quedarse, y no sabía si reir o llorar en caso de elegir la segunda opción. Al ver yo la carita de pena que ponía, decidí hacerle una proposicion quizá indecente, pero efectiva cuanto menos: eludir el suplicio pseudo-artístico con una siesta de dos horas. Lógicamente, porque es un muchacho formal y responsable, no aceptó, pero ello no fue impedimento para que yo sí lo hiciera.

Y así fue como me ahorré tragarme el bodrio arrabalesco que previamente había leído, aprovechando el tiempo además para rellenar un poco mi barrita de sueño. Es una buena forma de aprovechar las horas muertas (pues esas dos realmente lo fueron para mí) haciendo algo totalmente necesario y productivo: recuperar el sueño perdido.

Encarecidamente recomiéndolo a todos mis pequeños triskitráncanos. Verán ellos que su vida mejora y que, por consiguiente, más felices son. ^^