Hoy tuve la dicha de visitar en una “tutoría de grati” (puesto que no le tocaba) a una de las profesoras que mejor me caen (aunque a los demás no), pero con las que menos he hablado: Mº Jesús Orozco. Fui con otras tres compañeras que tenían la intención de informarse acerca de las pautas para realizar un comentario de una obra de teatro. En principio, estaba allí de pegote, pero al final acabé siendo el más implicado.

Entre otras cosas, preguntamos acerca de la estructura del examen. La amable profesora, siempre risueña, nos respondió que la prueba va a constar de una parte teórica, con dos opciones, así como de otra práctica, cuyas vertientes A y B serán un poema y un fragmento de teatro o/u narrativa. Ante esta coyuntura, coméntamosle a Mª Jesús la alegría experimentada por el Batibuti tras conocer la presencia segura de un poema en el examen, tras lo cual la conversación derivó hacia la subjetividad de un análisis de un texto poético, y las posibilidades que ello implica.

“Es que de un poema se pueden decir muchas cosas, según como se mire”, comentó la Laura. “Sí, pero si demuestras lo que dices, puedes lucirte”, contestó la profesora. Mientras tanto, en mi alocada cabecita se iban sucediendo perversas y maquiavélivas maquinaciones. Así, al decir Mª Jesús que “el teatro quizá es más objetivo”, salté yo con lo siguiente:

– Sí, pero si por ejemplo pones una obra de Arrabal -hube de hacer esfuerzos para no decir Arrablaf– también puedes…

– Sí, claro, también puedes lucirte si sabes interpretarla bien- contestó Mari Chús.

– Sí, bueno, que le puedes echar mucha inventiva, vamos- concluí yo.

En contraste con la cara de asombro de mis compañeras, la profesora soltó una sonora risotada de las que la caracterizan. Así que seguimos hablando, hasta que le inquirí por el trabajo voluntario. Tras deliberar largo rato, uiso saber mi interlocutora mis intenciones con respecto a dicho ejercicio, y la satisfice con esta respuesta:

– Pues quiero hacer una parodia, pero no sé si me saldrá bien, porque no estoy ahora mismo muy creativo.

– Bueno, todo es cuestión de cómo lo enfoques. Ya sabes que una parodia lo que busca es imitar a la vez que introduce un tono y sentido burlesco y de mofa. Por ejemplo, de Escuadra hacia a la muerte, que es un dramón, podrías hacer una versión comediesca. Aunque no tienes por qué irte al polo opuesto, también puedes hacerlo en la misma línea.

– Eso es lo que tengo pensado hacer.

– ¿Y bien? ¿Qué tienes planeado?

– Cachondearme de Arrabal. -Nueva risotada, tras la que continuo hablando- Es que verá, Mº Jesús, no me cae muy bien Arrabal. Es más, no tengo mucho aprecio por su obra. No me parece teatro del absurdo, sino teatro del estúpido. Considero que lo de Arrabal es teatro del absurdo pero en cutre. Ni de lejos llega a la altura de los grandes como Ionesco o Beckett.

La mujer se partía el pecho por momentos, para suerte mía. Yo pensaba “me estoy jugando el aprobado” (recordemos que es la fan nº 1 de Arrablaf, y probablemente la única), pero por otra parte me consolaba diciéndome a mí mismo “tenía que decirlo, esta noche dormiré mejor”. Al final, Mari Chus me dijo, al tiempo que esbozaba una gran sonrisa:

– Bueno, pues si esa es tu opinión, demuéstramela.

Asentí, convencido de lo que había dicho y de aquello a lo que me estaba comprometiendo. No fallaré. Exprimiré los últimos suspiros de mi humus literario, aún a riesgo de no escribir en mucho tiempo hasta que me vuelva la inspiración, con el fin de poner a un paquetillo como Arrablaf en el sitio que le corresponde.

Luego compartimos varias risas más, y por fin decidimos irnos. Al salir del despacho me acompañaba un buen sabor de boca. Arrabal me seguía pareciendo un inútil. Pero ahora esta mujer me caía, si cabe, mucho mejor que antes.