Una vez más resuena este manido dicho que proviene de la siempre acertada boca de Antonio -Machado, por supuesto-. Es de sabiduría popular que Antonio sentía más amor por los paisajes agrestes y dorados de Castilla que por los blanquiverdes de Andalucía, además de criticar la pasividad de la sociedad de la época. El caso es que uno no puede estar más de acuerdo que esto ultimo sigue aún vigente -y lo que nos queda…- y puestos al caso, sería curioso pensar que sería de Sevilla no sin sevillanos, sino sin ese carácter que desde hace décadas se le viene imponiendo al ciudadano que nace entre Camas y Alcalá de Guadaira, entre Dos Hermanas, Coria y San José de la Rinconada, el típico sevillano.

El típico sevillano es una persona religiosa, alegre hasta la saciedad y amigo de sus amigos. Analizando esto… podemos ver que la sociedad sevillana actual dista mucho de esto, y sin embargo, Antonio acertaba, tal y como decía en su elegía a don Guido, pues el sevillano de a pie suele ser más que un fiel seguidor de la religión de Jesucristo, un personaje que se considera a sí mismo cristiano de la Macarena, del Gran Poder y de la Esperanza de Triana, algo así como el antiguo arrianismo o como la historia del becerro de oro de la Biblia. Es tipico eso de yo creo en La Macarena, pero no en la Iglesia… Lo cual es fácilmente exportable a otros lugares -véase peregrinación a Santiago-.

En cuanto a lo de la alegría, bueno, quizás es cierto en parte que tenemos algunas fiestas bastante alegres (Velá de Sant’Ana o Feria) pero esto no dista de casos como Valencia (Fallas), Pamplona (San Fermín) u otras ciudades andaluzas. Todos los sevillanos somos alegres cuando nos tomamos un par de copas o cuando vemos una cámara de televisión, pero me gustaría ver qué pasa si entrevistamos sin cámara a la gente a las 7:30 en la parada del C2 del Corte Inglés de Nervión o en alguno de los atascos de las 15 a las afueras de los Remedios, quizás esa sociedad alegre andaluza no se distinguiría mucho de la madrileña, la murciana o la vasca.

Y deciamos al principio que el sevillano medio es muy amigo de sus amigos. Ciertamente muchas personas lo son pero, ¿esto está implicito en el carácter que tomamos del lugar en que nacemos? Es cierto que en Sevilla se da mucho esto del amiguismo, sólo hay que ver los abrazos en la Feria, entre el rebujito y el jamón -machacón- del Real, o cuando salen las noticias en la prensa de las facturas falsas del ayuntamiento para una cena de amigos o para viajecitos a Venezuela -qué molón es Silva, qué molón-. El caso es que esto del amiguismo es cierto en Sevilla, pero no deja de serlo fuera de nuestro término municipal, como se ve cuando uno va a otros lugares, unidad social para ver como se queman las Fallas en Valencia y comunidad, o también con facturas falsas en Ciempozuelos, Alhaurín, Marbella -la joya de la corona- o Andratx.

Si esto es así, podemos observar que el amiguismo, la alegría y la religiosidad son términos implícitos en el carácter puramente español, como el desengaño, la pereza y tantos términos con los que se nos tacha en otros países, que no naciones.

Esto es la primera parte del artículo, en el próximo intentaremos hacer un esfuerzo mental -pero no mucho que nos cansamos…- para imaginar la sociedad sevillana con carácteres que aplicamos a otros países -repito, no naciones- como Japón, Alemania, Francia o Suecia.

¿Cómo imagináis Sevilla sin sevillanos, sin el carácter que entendemos por español-andaluz-hispalense?

Muchas gracias y… bienaventurados aquellos que leen los artículos enteros porque de ellos es la idea que se forja (U.Eco, el lector-creador).