Las cosas que tiene coger el autobús en hora punta en los días de lluvia es que te encuentras con los personajes más inesperados. Como me pasó a mí ayer, que coincidí con un viejo conocido al que hacía un montón de meses que no veía, y con el que hacía mucho más tiempo que no intercambiaba más de tres palabras.

Tras sentarse a mi lado, comencé a platicar con él, preguntándole cómo le iba. En esto que me enseñó un sobre con unas letras impresas. No sé cuál fue la sensación que experimenté al ver que era una carta del ejército. Al ver mi cara de circunstancia, me contó que se había enrolado en las Fuerzas Armadas, ya que era la única salida a sus problemas laborales que le quedaba.

También estuvo narrándome todas las penurias que ha pasado para poder superar las pruebas: ha tenido que presentarse hasta 9 veces, porque lo echaban para atrás por el peso, y tras perder 25 kilos a base de ejercicio diario, ha conseguido entrar.

Ahora le esperan muchos meses de instrucción, disciplina, madrugones, duro trabajo… y sobre todo lejanía. Porque se va a recorrer mundo a bordo de nada más y nada menos que una fragata. Lo mismo a Cádiz, que a Galicia que a Brasil. Donde le digan los mandos, allí que se marchará. Todo porque, según dijo, el sueldo que se gana es mayor. Claro, que tampoco es preciso ganar mucho para que tu sueldo sea más alto que el de un militar raso.

He de confesaros que, cuando me dijo eso, se me revolvió el alma. Nada más que pensar que un chaval que tendrá 22 años a lo sumo tenga que irse a miles de kilómetros de distancia, cobrando un sueldo mísero, y encima con el riesgo que conlleva una profesión como la de militar, es para ponerse a llorar. Todo porque patrones miserables no tienen cojones de dar un trabajo medianamente decente a la población de su propio país, a gente que podrían ser vecinos suyos e incluso amigos de sus hijos.

Todo esto me llevó a pensar, con sumo coraje, y durante el resto del viaje, en esa gente que no acepta a los inmigrantes que vienen a España, o que piensan que son vagos, inútiles, delincuentes, y un largo etecé. Quizás acaso esta gente no se acuerda de los millones de españoles que en los años de la dictadura pusieron rumbo a América y Europa, para buscarse las habichuelas porque aquí no había otra cosa para mascar que la miseria y el hambre. No me extrañaría que estas personas formen parte de esos estratos opulentos a los que nunca les faltó de nada porque se quedaban con lo de los que no tenían dónde caerse muertos.

Y por esa regla de tres, seguramente desconocen (o no quieren ver) que, aún hoy en día, muchachos jóvenes como mi amigo se ven obligados a renunciar a su futuro, a su gente y a su tierra, a cambio de un puñado de euros con los que sacar adelante a su mujer y a su hijo de año y medio, al que probablemente ya no verá en mucho tiempo.