Últimamente no escribo mucho, lo sé. Pero me es imposible atender a todos los compromisos sociales que contiene mi agenda, y menos con este vago subido que me invade desde hace tiempo. Por eso hoy voy a escurrir mi tiempo para narraros una de esas anérdotas virídicas que inundan mi vida.

NOTA > Sé que tras esto me van a llover las críticas por parte del sector femenino de los lectores de mi blog, pero os juro y perjuro que esto ocurrió tal cual lo cuento, y que no echo mano en ningún momento del arma de manipulación que todo periodista posee.

Perritráncano al volanteResulta que iba yo el día 14 de febrero a las 3 menos algo de la tarde rumbo a mi último examen, el de Literatura Hispánica Actual (+ info, aquí), rememorando mientras conducía el pésimo estilo de Alfonso Sastre (sí, sí, el que se autocensura) o las estúpidas teorías del inútil del pigmeo de la maricona loca de Fernando Arrablaf, cuando de repente me sorprendo de que aún no me haya topado con ningún inútil de esos que van poniendo en peligro la seguridad de los que vamos por la carretera.

Po si más pronto lo digo, más pronto aparece la desgracia. Saliendo de Mairena, me encuentro con un Mini amarillo que va por mi izquierda. “Este Mini no me gusta nada, lo estoy viendo venir…”, pienso. Dicho y hecho: coge el cabrón y se me cruza del tirón por delante, pa meterse en los aparcamientos del Metromar, a un metro de mí, sin intermitente ni poyas, con lo cual se llevó la correspondiente pitada. Pero… un momento… ¿el cabrón, he dicho? ¡Si es una tía! Debí imaginarlo, siendo un Mini.

Aún con el susto en el cuerpo, y con la imagen de mi coche en el taller del chapista rondando por mi cabeza, enfilo la cuesta del PISA hacia Sevilla. Creo que aún no he hablado de la afición a conducir por la izquierda, entorpeciendo a los demás, que tiene la gente del Aljarafe. Pues bien, me disponía a adelantar al que iba delante de mí, pero entonces… ¡oh! Otro coche por el carril izquierdo que va a la misma velocidad. ¿Y ahora qué? Pues ajo y agua, mi fiel compañero. Rafagazos que te crió. Pero nada, que no se quita el inútil. Así llegamos abajo del todo, donde la velocidad está limitada a 70 primero, y a 50 un rato después. Pues antes de llegar a la placa de 70, ya iba el capullo a 50. Tan hasta los huevos me tenía, que me vi obligado a adelantarlo por la derecha. ¡Será desgraciao el tío! Espera… ¿el tío? ¡Si es una tía!

L de novatoMás adelante, un Renault Megáne Coupé que va a 50 (velocidad inferior a la mínima en autovía). Voy detrás del mismo por cojones durante un rato, y cuando lo adelanto… ¡sorpresa! Una tía. Empiezo a sospechar que hay un complot femenino en mi contra… Sobre todo cuando, 200 metros después, veo un pedazo de Mercedes 220 SLK Kompressor, conducido por… ¿lo adivinan? ¡Sí, una tía! “Bueno, ¿qué problema hay en ello?”, pienso. Pues el problema de que por poco me como el quitamiedos y me caigo al paso inferior, todo porque la tía no dejaba de pegarse a mí y yo quería ahorrarme disgustos (y otra rotura de piloto). Ojú, cuánto peligro…

En fin, que ya iba tardelli (como siempre) al examen. Pero claro, el complot estaba presente. En el Muro de Defensa, una retención de cojones. ¿Pero que ha pasao, por Dios? Nada, nada, tan sólo que va una L dando porculo a 20 por hora. ¿La adelantamos? Enga, va. A ver, échale un vistazo a verle el careto al tío… Pues al tío más bien poco, porque es una tía…

15.30 PM (Peligro, Mujeres). Examen. Calor en el aula. Gente nerviosa rajando sin parar. Profesora histérica. Técnica de inventiva-recordatoria en la parte teórica, y manual de cómo poner verde a un pésimo dramaturgo en el ejercicio práctico. Salida del examen y vuelta a casa a toda velocidad.

Por la cuesta del PISA, otro suceso. ¡Oh, qué sorpresa! Otra L obstaculizado el carril izquierdo y dando porculo al ir circulando a 50 por hora. La adelanto (cómo no, por la derecha) cuando puedo, y bajo la ventana para dedicar unas palabras al tocapelotas que va conduciendo. Y en ese momento, corroboro mis sospechas: dos tontitas, una al volante y otra de copiloto, que se hacen las locas cuando les recuerdo que hay que ir por la derecha. Qué lástima…

Pero es que un poco más adelante, me faltó un metro para que otra tía se empotrara contra mí porque no me cedió el paso en una rotonda. Increíble pero cierto. Y peor que eso fue el encontrarme con un coche de autoescuela, haciendo barbaridades, a la entrada de Almensilla, conducido, naturalmente y para no faltar a lo ya visto y vivido, por una tía. Otra visión como esa, y me volvería loco.

Mas no como loco, pero sí como tonto, me quedé cuando contemplé, a las 2 de la madrugada, la mejor jugada de la jornada. ¿Qué creéis que me encuentro a la entrada de Bormujos? Pues una tía dando hasta tres vueltas seguidas a una rotonda. Y ahí estaba yo, mirando incrédulo desde el ceda el paso. No era para menos.

Desde luego, ese día me quedó una cosita muy clara: que pese que no soy partidario del típico dicho “Mujer al volante, peligro constante” (sobre dejarlo claro a todas las mujeres que lean esto), la verdad es que algunas sí que se merecen que se lo digan.