Este es un post estúpido y absurdo, concebido al albor de un viaje en autobús de vuelta a casa tras una agotadora jornada de ajetreo, y parido en compañía de una viena que empana tres hamburguesas. En efecto, a lo largo de todo este rato que ha transcurrido desde un momento a otro, me he preguntado sobre diversas cosas. Como entrante perfecto, una de “mecago en los muertos del Tussam”, sólo por el insignificante hecho de que un puto tussanero con cara de no follar me dejó en tierra aun estando en la parada el autobús, todo porque acababa de cerrar las puertas. Así, por to el careto. Empezamos fuerte, ¿eh? Cuando al fin vino otro (15 minutos después, demasiado pronto, después de todo), resulta que me senté delante de una mujer que creía que la Cartuja es un barrio residencial. De hecho, al pasar por delante de las caracolas de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento, la mujer dijo: “Sí, y esos pisos están todos llenos de gente viviendo. ¿Ves? -iba diciendo a su acompañante- ¿Ves las luces encendidas en las casas?“. Me pregunto qué hay que hacer para fomentar que la gente conozca un poco más a fondo la ciudad en la que viven. Es más, me pregunto por qué no lo hacen, con todo las cosas que hay para ver en Sevilla y su provincia. ¿Será acaso porque el Tussam les hace a esas personas lo mismo que a mí, y los deja en tierra por la cara? Es posible… Posteriormente, me entró la vital necesidad de querer saber si caminar por el carril bici supone una satisfacción extra al alma humana, porque como no sea así, desde luego que no me explico por qué coño la gente va andando por el susodicho carril. Claro, que esta duda quedó disipada al llegar a la parada del autobús. Digo “Hola”, y naturalmente nadie me contesta. ¿Naturalmente? Gran tristeza me produce el tener que rendirme a la evidencia. Sevilla es así. Llegas a los sitios, saludas, y nadie te contesta. Todos te miran como se mira a un loco, a un loco que osa saludar a los demás, siendo este un acto demoníaco, según las escrituras de la cultura popular postmoderna. Y luego dirán los extranjeros que los sevillanos son abiertos y simpáticos. Pues o los guiris tienen un concepto de simpatía distinto del mío, o bien los únicos simpáticos son los cocheros de caballos de la Plaza de España. Y aquí ando, en mi casa, delante del portátil, con el ruido de un programa televisivo amarillista y casposo como único compañero. Aquí ando, dándole bocados a una hamburguesa medio cruda atrapada entre dos panes como de goma. Así acabo esta ilógica reflexión, de forma tan absurda como empieza. El único consuelo que me queda es un dedo de zumo de bote en el fondo de un vaso de plástico.