Nada que decir. Nada que comentar. Nada que añadir a conversaciones diez mil veces más interesantes que las que yo podría entablar en mi vida, aunque traten sobre el mas banal de los temas. No tengo tiempo para nada. Ni un minuto de respiro. Y sin embargo no hago más que remolonear, sin sacar provecho de las horas del día, sin hacer nada interesante ni ver frutos del trabajo que no realicé. No cumplo con los plazos que me estipulo a mí mismo. No tengo valor ya para entablar compromisos con nadie, porque sé que no voy a llevarlos a cabo. Nada, en definitiva. Nada bueno, al menos.

Ya te lo dije, Buentes: no era una buena idea asociarte conmigo.