Estoy viendo en la televisión -porque me lo tengo que tragar por cojones, no es porque quiera…- el penoso espectáculo que están ofreciendo los miles de sevillistas que están abarrotando la Plaza Nueva y la explanada del Sánchez Pizjuán. ¿Por qué digo que es penoso? Creedme que no es porque sean los del Sevilla. Si fueran los del Betis también lo diría. Y yo estaría aquí, en mi casa, redactando esta crítica.

Bueno, a lo que íbamos. Digo, y reitero, que me parece bochornoso el espectáculo que están dando todas esas miles de personas. Básicamente por una razón: porque tiene cojones que, con la cantidad de cosas por las que hay que salir a la calle en nuestra ciudad y en nuestro país, la gente de Sevilla sólo se reúna en masa ante las puertas del Ayuntamiento para ver cómo una panda de millonarios sin oficio ni beneficio -sí, señores, no pongan el grito en el cielo: los futbolistas no hacen méritos para cobrar lo que cobran- traen a la ciudad una copita.

Me da vergüenza mirar a la pantalla de la caja imbécil, y comprobar como un mafioso fanfarrón sale al balcón de la Casa Consistorial, y al decir “Ah”, miles de personas lo aclaman con un estruendoso “¡¡Eeeeeh!!” tras otro, cegadas por no sé qué tipo de éxtasis. Los contemplo inquieto, y sólo veo en ellos una furia y un ansia irracional, ilógica e inexplicable. Como si de un momento a otro fueran a postrarse a los pies del dueño de una franquicia que mueve millones de euros. Pero también mueve millones de sueños, de ilusiones, de vidas humanas entregadas a una causa inútil, estúpida y estéril como es el fútbol.

Allí están todos, coreando cada palabra de sus ídolos, sin darse cuenta de que aquellos a los que elevan a los altares no son más que personas de carne y hueso que no han hecho nada importante por cambiar el mundo. Mientras, la gente se muere de hambre en todos los rincones del mundo. Las guerras siguen destrozando familias y países. La corrupción, los chanchullos y los parásitos de la sociedad le chupan la vida al mundo y nos ahogan, pero la gente no es capaz de hacer otra cosa que entregarse a la locura generalizada, en masa, como borregos que dicen “¡¡Baaaaa!!” cuando el perro pastor que los controla abre las fauces.

La vivienda está por las nubes, los contratos dan asco, se privatiza la enseñanza pública, se ejerce la represión sistemática, se cierran las fábricas y se las llevan a Rumanía y Polonia. Un puñado de políticos, empresarios y otros miembros de la familia Cantimpalo juegan con el futuro de todos nosotros. Y si a alguien con un dedo y medio de frente se le ocurre alzar la voz contra tanta injusticia, la gente secunda la moción con un bostezo y un “bah” al unísono desde los sofás de sus casas, cual vulgares burgueses de medio pelo que creen estar intelectual y categóricamente por encima de las masas obreras ateas y revolucionarias.

Ya lo decía Juan Carlos Gil: es denigrante para una persona con un mínimo de decencia y sentido común el compartir la existencia con miles de personas nativos y residentes de una ciudad que no se manifiesta por un piso, ni por un trabajo, ni por una enseñanza de calidad, ni para pedir explicaciones por los abusos de los que nos malgobiernan. Nada de eso. Sólo salen a la calle en masa, como borregos en un redil llamado Plaza Nueva o Charco de la Pava para celebrar la consecución de una copita por parte de esos ídolos de papel que corren tras una pelotita, o para ahogar el mínimo grado de razón y sentido de la responsabilidad que aún pueda quedar en sus mentes con litros y litros de elemento etílico.

La historia de la humanidad es la historia del continuo fracaso. El hombre no es sólo el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra -y se da la vuelta pa darle una patá-, sino que es también el único que progresa y avanza a base de carajazos. Se da un piñote gordo, y rueda un poco por el suelo. Y es por eso por lo que avanza. Mas creen muchos que el hombre actual es muy distinto al de hace mil años, o al de hace dos mil. Se equivocan.

Hace mil años, las masas campesinas estaban controlada, antes que política, económica o socialmente, en el aspecto ideológico. Les atemorizaban con un mensaje religioso y moral absurdo, totalmente deformado, que nada tenía que ver con lo que predicó Nuestro Padre. Tal y como ahora, unas élites dominaban a la masa alienada, que respondía sin rechistar, bien por temor, bien por ignorancia, bien por intereses.

Y del mismo modo, hace dos mil años, los césares romanos se sacaron de la chistera una fórmula perfecta para mantener a raya las aspiraciones del pueblo. Para controlarlo. Para que estuviera quietecito en el redil. Juvenal resumió dicha táctica en la tan acertadísima como breve cita “Panem et circenses”. Pan y circo. Da al pueblo algo que masticar mientras mantienes su mente ocupada con espectáculos baratos, y lejos de toda idea y pensamiento racional.

Hoy en día, el circo se ha convertido en partidos de fútbol, en salsas rosas y en demás basura carente de un mínimo de sentido inteligente, y el pan ha dejado paso a caciques, legendarios, ballantines, juanitos caminantes -johnnies walkers- y tripis, porros y rayas, con los que se termina de cegar un intelecto ya de por sí aletargado.

Juvenal aún vive.