Me desvelo en medio de la madrugada, sobresaltado ante el estruendoso clamor de pesadillas que asaltan mi conciencia adormilada. Un hambre atroz devora mis entrañas, consecuencia irremediable de una interminable jornada de estrés tras otra. Palpo como un poseso la mesita de noche en busca de dos manecillas que me sitúen en la realidad, más mi lucha con la oscuridad concluye al recordar que el reloj se paró hace ya días.

En vista de la situación, no me queda otro remedio que poner los pies en el gélido suelo de la habitación. Me arrastro como alma en pena hasta la cocina, rumbo hacia la nevera con el propósito de engullir alguna sustancia, por ínfima que sea, pero lo único que hallo es la típica estampa del limón chuchurrido y el yogur caducado. De todas formas, hace ya tiempo que mi vida entera se ha vuelto bastante típica. Demasiado, diría yo…

Sin nada que hacer, opto finalmente por salir al balcón, simplemente por ver si me despejo un poco. La suave brisa de Mayo mece las copas de los árboles de la calle al compás del quejido de las campanas de un templo lejano que confiesan a las almas noctámbulas como la mía que son las cuatro de la mañana. En derredor no acontece nada de interés, un gato cruzando tejados, el canto monótono de un grillo, una lechuza rasgando con su elegante vuelo el lóbrego cielo nocturno, poco más.

Contemplo impasible la escena, al tiempo que desenfundo un filter y lo encandilo con la llama del mechero. Observando las inquietas volutas danzantes producidas por el humo del cigarrillo reparo en la presencia de la Luna, que me ofrece su compaña en esta infausta hora. La influencia selenita sobre mi persona se traduce en una infranqueable tendencia a la reflexión metafísica, la cual, en definitiva, se reduce a una simple pero no por ello inocente pregunta, lanzada entre una nube de nicotina hacia el firmamento estrellado: ¿Qué será de nuestro amor?

El silencio sepulcral del pueblo, desgajado apenas por el rumor de las hojas de los naranjos, es lo único que percibo por respuesta. Una pareja de amantes trasnochadora recorre la vía en aquel mismo instante. La nostalgia que me produce tal visión me hace recordar tiempos mejores, en los que yo era el protagonista de estampas como aquella que veía desfilar ante mis ojos en aquel preciso momento. Sin embargo, con el tiempo las caricias se convirtieron en dudas, las dudas trajeron el olvido, y el olvido vino acompañado de puñales que traspasan mi corazón y me provocan un dolor mil veces superior al ocasionado por la escasez de alimento en mi estómago.

De repente, un horrible estruendo quiebra la calma del momento. El móvil me avisa de la llegada de un mensaje. ¿A estas horas? Sólo puede ser una persona. No tengo prisa por contestar, ni siquiera por leerlo, así que apuro lentamente el cigarro, saboreando cada calada cuan si de la última se tratara. Al fin consumo los últimos hilos de tabaco y arrojo lejos la colilla aún candente, mientras expiro la enésima bocanada de alquitrán al tiempo que me despido de la Luna hasta la noche siguiente, cuando volverá a ser testigo de los estragos del desamor… “o quizá no”, pienso una vez leo el mensaje. Y es que, corazón, tu siempre tendrás la respuesta a mi pregunta: ¿qué será de nuestro amor?