Una frase ronda por las cavidades de mi mente en estos últimos días. Una cita que no es propia, ni es nueva, ni siquiera es original. Tres palabras perfectamente conformadas, unidas por lazos inseparables, que el tiempo y la experiencia no han hecho más que reforzar. Tres palabras que hoy, día en que la mitad de los exámenes han sido concluidos, y en que aún resta la realización de otros tres, hoy, día en que nos encontramos entre la vida y la muerte, conviene decirlas al mundo, con voz alta y clara, afrontando los hechos y los porhaceres, como la verdad más grande que desde boca humana haya visto la luz de los días:

Alea iacta est.

Muchas veces repito esta cita, incluso se la digo a mis amigos en las postrimerías de la cruenta contienda. Pero no con el ánimo de acojonarlos, ni de sembrar las dudas, el desconcierto o la desazón en sus corazones. Ellos saben que no. Y tienen esa certeza porque la incertidumbre (esa misma que los gatekeeper se encargan de gestionar, o incluso de ocultar, como en forma de explosivo parlamentario, convirtiéndola en un monstruo fiero y temible) que estas tres palabras puedan causar en ellos, resulta paliada por otras tres palabras recitadas a continuación. Tres palabras igualmente simples y concretas, pero idénticamente grandes, firmes, sabias, esperanzadoras, directas al alma:

Fuerza y Honor.

A la batalla, mis valientes. Alzad la vista y ensanchad el alma. Partid, rumbo al horizonte en pos de la gloria. A mi señal, Ira y Fuego.