Trasteando por los cajones de mi portátil, de nuevo vuelvo a encontrar una cosa que ya no recordaba, pero que estaba ahí. Se trata de una de estas chuminadas pastelosas (ahora lo leo y realmente que me dan arcadas) que a mí me da por escribir de vez en cuando (bueno, me daba, porque ya la verdad es que no escribo nada). Vio la luz hace mucho tiempo, hará cosa de un año, pero aunque su título -el mismo que el del post- pueda conducir a engaños, informo que, ya desde un principio, nunca fue dirigido a nadie, cuanto menos ahora. Aunque, si a alguien le hace ilusión, se lo puede autodedicar. Total, ya puestos a ser modestos…

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No te lo he dicho nunca, pero me abstraigo de la realidad cada vez que te miro y tú me devuelves la mirada con esos grandes ojos verdes. Querría perderme en ese mar esmeralda de tu mirada, y permanecer allí por una eternidad.

Me gusta que me sorprendas explorando cada matiz de tu rostro, cada mecha de tu cabello, cada pliegue de tus labios, porque, aunque me ruborizo hasta sentir un calor abrasador en lo más profundo de mi ser, al momento se dibuja una sonrisa en tu rostro, una sonrisa traviesa que me refresca por dentro, y el rubor se torna éxtasis, éxtasis de placer y felicidad, pues me otorgas el más preciado de los regalos.

Tu forma de hablar, tu tono de voz, alegre y suave como las notas de una flauta, despierta en mi alma los más dulces sentimientos. Me alegra el día el oírte pronunciar algunas palabras, aunque sólo sean palabras vanas y faltas de sentido, porque el simple hecho de ser tu voz la que les de forma ya las convierte en música celestial.

Me encantas por tu forma de ser, siempre alegre, buscando la nota graciosa de la situación. Siempre tienes una palabra bonita para todos, y una frase delicada y dulce para el que lo necesita. Y aunque las esmeraldas de tus ojos se encuentren ahogadas por un lago de lágrimas, en el fondo de ese lago siempre se encuentra un atisbo de esa alegría que emanas.

Te adoro por cómo eres conmigo, por cómo me tratas. Porque nunca me das la espalda y siempre estás apoyándome, aunque nada me salga bien y tú salgas perjudicada en el intento. Porque nunca guardas para mí una palabra desagradable y me aguantas estoicamente, aún siendo yo la más insoportable de las personas. Porque cuando me siento mal siempre guardas para mí un beso o un abrazo.

Por eso eres especial. Porque cuando me encuentro solo, pienso en ti y se me van las penas. Porque cuando el mundo se cierra en torno a mí recuerdo tu sonrisa y recupero las ganas de vivir. Porque gracias a ti puedo decir que volví a encontrar eso que llaman ilusión.

Sin embargo, ¿cómo decirte todo esto? No tengo valor suficiente como para hacerlo directamente, y me conformo con plasmarlo en un papel frío y mudo. Siempre fui un cobarde, ya lo sabes. Quiero confesarte todo esto, pero no sé por dónde saldríamos, ni tú ni yo. Tan sólo sé que esto que aquí declaro es así. El por qué lo desconozco. Prefiero pensar que todo es debido a un embrujo que un día proferiste sobre mí.

Muchas veces pienso en ello, en que todo es un embrujo. Y entonces tengo miedo. Tengo miedo de que todo sea un sueño, de despertarme y que nada vuelva a ser como antes, de volver a estropearlo todo si me decido a contarte estos secretos que tú ya conoces. Y es que algunas veces tú también me das miedo. Me das miedo cuando parece que, sin motivo aparente, parece que vas a estallar en cólera, aunque al final me regales la más bonita de tus sonrisas. Sé que siempre es el mismo miedo, un miedo infundado, un miedo hacia algo que no hace daño, un miedo hacia ti, hacia nuestro amor.

Amor. La palabra maldita. Con el amor todo empieza, y todo acaba. He intentado no pronunciar esa palabra, pero al final me ha vencido. No era mi intención, después de todo. Lo único que pretendía era expresar cuánto te adoro, y desear ante todo que este dulce momento dure por siempre. Porque sé que me quieres. Por eso te quiero.