Transcurren las horas en el lento e impasible reloj de la memoria, mientras yo sostengo una cruenta batalla contra la noche de los sentimientos. Oscuros pasajes de intrahistoria, que ahora se deshacen en un sinfín de astillas a la enigmática luz de la luna, reflejada en un charco yaciente en lo más profundo del patio.

La orquesta nocturna de los grillos acompaña la sucesión de momentos vívidos, grabados a fuego y lágrimas en mi retina. Ecos del ayer, sombras del hoy, resplandores del mañana. Figuras oscilantes de algún tiempo, que como espectros se desviven por traspasar la niebla del recuerdo, y llegar así ante mis propios ojos.

Una lágrima asoma a mi mejilla, como bálsamo para el incendio de voces que arrasa mi cabeza, dejando como inquilino perpetuo del desolado lugar un reguero de maldiciones y rencores, avivados por el viento huracanado de la mala conciencia.

Y vuelvo a mirar el charco, cabizbajo, y rasgo la noche clamando a la luna por tu presencia. Pero tu no estás. Y cierro los ojos. Y de repente, silencio. Oscuridad. Un abismo en el alma. Dejo de mirar, que es mejor que no ver nada habiendo evidencias delante.

Las lágrimas no resbalan por la cara, mas no cesan en el alma. Y el torrente de emociones se torna al instante cristalino y resplandeciente, a la tenue luz que se abre paso entre la penumbra interior. Un escozor me obliga a abrir los ojos, a levantar el corazón, y entonces comprendo. Ahí estás tú. Oculta en la floresta, como aparición mágica bajo el resplandor selenita. Lo único que puedo sentir de ti es tu ronroneo de gata traviesa acariciándome, pero aún así veo tus ojos, en medio de la nada, negros como el cordobán, cautivándome los gestos cual hechizo despiadado.

Y entonces, vanamente, te esfumas, abandonándome a la suerte del que se sabe perdido y hallado, del que no encuentra más camino que el que le marca el bamboleo de tu melena flotando a merced de la brisa marismeña. Y vuelvo a desobedecerte, porque sigo ahí. No me muevo ni un ápice, aun recordando las palabras que, un rato antes, proferiste ante mi como un sortilegio: “No salgas al patio, las sombras te esperan, no caigas en sus redes”. Pero la luz de la luna, la misma que alumbra tu cara, me ha rescatado una vez más de las garras del infausto recuerdo.

Y te hablo en la distancia, con palabras que sólo el alma henchida por el viento estival puede comprender. Y no te miento si te digo que no duermo, pero no me importa reconocerlo. Pues qué más da dormir o estar despierto, si cuando estoy despierto, lo único que hago es soñar contigo. Y qué más da dormir o estar despierto, si sólo vivo para estar contigo, si sólo vivo para soñar contigo.

Me arrodillo una vez más ante el charco, y pronuncio unas palabras imperceptibles que yo mismo no consigo descifrar. Me inclino un poco más, y rozando apenas con los labios, beso la luz reflejada en la superficie acuosa. Y así, batiéndome victorioso en retirada, me despido de ti, mi linda gatita, hasta la próxima luna.