Hoy es el primer día de ese intervalo que sigue al final de los exámenes pero que, a su vez, precede al comienzo de otra cosa (por ejemplo, de las clases del siguiente cuatrimestre, o como en este caso, del trabajo). Son días en los que no apetece hacer nada, y menos con la maravillosa calor de que disfrutamos por aquestos lares. No obstante, hoy, en un acto de heroismo, responsabilidad y lucha contra el tedio y la flojera, me he decidido, casi sin pensarlo, a realizar la tarea más pesada y aburrida de todas:

Efectivamente, me he amarrado el pañuelo a la chorla y he dedicado durante todo el día (y aún me queda…) a darle un espurgue a mi armario y a mi habitación, que ya tocaba, la verdad. Pero bueno, vamos a mirarlo por el lado bueno: me he puesto negro sin necesidad de tomar el sol, gracias a la tinta de los periódicos y al polvo.

Y el espurgue no sólo está siendo por fuera. También por dentro (sí, clataquismo interior… cosa chunga, agárrense al asiento).