Hace unos días, colgaba Cris en su blog un artículo de Manuel Vicent en EL PAÍS (podéis leerlo aquí), en el que cargaba contra nuestra generación, tachándonos de vagos, incultos, ineptos, irresponsables y no sé cuántas burradas más (qué original el hombre). En su post, Cris realizaba una crítica desde su punto de vista y sus vivencias. A mí no me gustaría dejar pasar la ocasión de hacer algo parecido. Allá va (pero leed antes el artículo, o no os enteraréis de nada).

********

Me examiné de la Selectividad hace dos años, pero al caso es lo mismo. El primer móvil lo tuve con 17 años, y aún me dura. El Internet, con 19. No ha sabido qué era el mp3 hasta hace poco. Siempre he grabado en cintas de cassette las canciones de la radio, como toda la vida. Mi GPS soy yo mismo, y por ello algunas veces me pierdo, pues me quedo sin cobertura o batería a menudo. No chateo, prefiero hablar cara a cara, o de viva voz, y mi primera y única consola fue la Mega Drive, acompañada de la Game Boy ladrillo de toda la vida. Los teclados son insensibles. Las palabras en papel no se pierden, el viento no puede con ellas. Cuando nací, la tiranía comunista daba las últimas boqueás, pero el día que aprendí a montar en bici, el único terrorismo que conocía era el de la ETA, y el terrorismo de Estado de algunos gobiernos, y el cual aún hoy contemplo. No sé qué es la mili, ni me interesa conocer una profesión que lo único que trae es muerte. No fui jamás a Inglaterra, ni me intercambié cual mercancia con otros jóvenes extranjeros. También aprendí inglés viendo el Cartoon Network. Amo la naturaleza desde siempre, y procuro contribuir a mantenerla para que los que vienen detrás de mí puedan saber por sí mismo qué implica esa palabra. La comida basura es una mierda, prefiero la de mi madre. No me gusta el botellón. Mucho mejor una comida con mis amigos, o una charla cara a cara con esa persona con la que tanto te gusta hablar, degustando un refresco. Mis padres no fueron a la manifa de izquierdas a gritar, porque estaban currando para labrar un futuro para mí. No canto el “oe oe oeee” al final del partido, porque mi equipo no gana una mierda, y a mí me trae sin cuidado. Al igual que tampoco voy a manifestaciones, porque no me considero un arma arrojadiza de ningún partido, y porque los asuntos por los que de verdad la gente debe de invadir las calles son silenciados y olvidados por esos gobernantes, de derechas, sí, pero también por los de izquierdas, ésos que tanto tienden a alabar al “pueblo” en sus discursos. No tengo ideología, porque mis únicos ideales son los de libertad, igualdad, respeto, paz y solidaridad, trabajo, y esperanza, y eso hoy en día no lo tiene en cuenta ningún partido político. Mi himno es la voz de mi abuela, que me habla desde el cielo aunque nunca la escuché, y la imagen que enmarca mi vida es de cuando estaba de monitor en la Escuela de Verano: la de una pequeña niña saharaui sonriendo feliz mientras me daba un abrazo. Conocí el amor cuando el SIDA ya era una lacra universal, aunque no sé lo que será el SIDA cuando descubra el amor verdaderamente correspondido. Siempre uso el preservativo, pero no tengo la culpa de que las compañías que más se lucran con ello sean las que más caros los vendan, y que encima gasten tan poco en mejorar su calidad que luego me tenga que ver en un ambulatorio pidiendo una píldora para mi novia porque se nos rompió un condón. No sé qué es el genoma, pero mi horizonte está plagado de ilusiones, y no de cadenas de ácido desoxirribonucleico. Si algo tengo de Nike, lo pillé en el mercadillo. A mis padres no les gustaba el fútbol, pero me estremezco cuando en la pachanga de los sábados, que disputo con mis amigos en el parque de mi barrio, conseguimos la victoria gracias a un gol en el último suspiro. Mis ídolos no son los deportistas que corren un poco durante dos temporadas, y luego se retiran para disfrutar de los millones. Mis ídolos son mis padres, que año tras año han dado lo mejor de sí mismos, litros de sudor y toneladas de empeño, para que hoy yo pueda estar escribiendo estas líneas. Mis ídolos son mis amigos, que nunca me dejan a la deriva, aunque para ello haya que correr a la velocidad del rayo con tal de conseguir sujetarme en el último segundo y así lograr que no caiga al abismo. Mis ídolos son gente como Jesucristo, Ghandi, Robert Cappa, Pooley, Tolkien, Picasso, Ortega y Gasset, Manolo García. Verdaderos genios que dieron más a la humanidad en un hálito de vida que todos los iconos efímeros y héroes de tres al cuarto que hoy día inundan las habitaciones de las treceañeras, y las páginas de información de los diarios nacionales. No me interesa la política, porque a los políticos no les interesan mis problemas. Sé quién es Felipe González, y los abusos que cometió. Sé quién es Calvo Sotelo, y cómo Tejero intentó quitarlo de en medio al grito de “¡Se sienten, coño!”. Y sé quién es Adolfo Suárez, el héroe de la Trancisión. Leo los periódicos, y a veces encuentro alguna noticia que pueda separarse de las toneladas de paja informativa que normalmente éstos contienen. No sé si mi idea de cultura es fragmentaria o no, pero desde luego no se rinde a la ‘culturilla’ fomentada desde los poderes ‘públicos’, cultura politizada hasta el extremo, cuajada de basura, y además privatizada por los lobbys de ladrones como la SGAE. Evidentemente, si un tema me apasiona, haré todo lo posible por conocerlo. Ya sea música, cine, informática, libros, o el rito de apareamiento del chipirón del Pirineo. No consentiré que nadie me diga en qué tengo que pensar o qué me tiene que gustar. Quizá si de algunas cosas importantes, como los negocios especulativos o la libertad en prensa, se ofreciera esa “información exhaustiva” que los medios ofrecen acerca de temas totalmente banales, los chavales se interesarían por otras cosas aparte de “música, cine o informática”, por no hablar de chismorreos. Angela Channing era un personaje de Falcon Crest. Vi la tele en B/N, y también he practicado la fotografía en B/N y en carrete. Odio las drogas. Conocí a Travolta sin tripa, y Grease es de mis pelis favoritas, al igual que su BSO. Pienso en pesetas, en duros, y hasta en “talegos”, “papeles” y “libras”. No tengo sobrinos. Me cabreo porque muchas veces soy el más ordenado de mi casa (lo cual es preocupante). Dejo la toalla y el resto de las cosas en su sitio, aún a sabiendas de que la próxima vez me las encontraré por cualquier sitio. Recuerdo al Michael Jackson negro, y de hecho tengo por ahí sus cintas (recordemos que crecí con el musicassette -de ahí lo de MC- y no con el CD). Tengo veinte años, poco o nada que ver con los niñatillos de trece y catorce años que se creen algo, y mucho menos con la generación de padres irresponsables (puestos a generalizar, vamos a ello) que lo único que hacen es cargar contra sus hijos, acusándolos de vagos, de mentecatos, de inútiles, en lugar de reconocer que ellos fracasaron en su tarea de hacer de los jóvenes, de sus jóvenes, a los que engendraron quizá en tiempos en los que el condón aún no era legal en España, unas personas con interés por las cosas, con conciencia crítica, con esperanza en el futuro. Fracasaron, porque no fueron capaces de cargar con esa responsabilidad, o bien no quisieron. Al igual que no cargaron con la responsabilidad de preocuparse por la naturaleza, de frenar la especulación, de luchar por los verdaderos intereses de las personas, de dar la espalda a los abusadores que se yerguen en los atriles del poder, mientras nosotros pagamos sus sueldos. Fracasaron. Nos dieron mal ejemplo. Nosotros los seguimos, porque para nosotros, ellos son nuestros máximos ídolos, y no cualquier Nadal o Alonso de pacotilla. Por eso ahora nosotros también somos unos fracasados.

Pero, en el fondo, coincido con este hombre en una cosa: sí, es verdad, creo me estoy haciendo viejo.

********

ACTUALIZACIÓN >>> Perdón por no poner el enlace al artículo, ya lo tenéis habilitado.