La felicidad es como una mariposa: cuanto más la persigues, más te esquiva. Pero si centras tu atención en otras cosas, vendrá y se posará suavemente en tu espalda.

Henry David Thoreau

********

La historia que os voy a contar hoy tuvo lugar un día de junio, en que venía de almorzar en el comedor de beneficiencia que aquel martes había montado en su casa María Jesús García, la madre del señor Buentes. Pues resulta que me había tocado coger el autobús solo, ya que el Pablo se había ido a dar clases a sus niños en bicicleta, y ahí fue el principio de esta bonita anérdota.

Llegué a la parada, bajo el atento acecho de un flamante sol al que no escapaba movimiento humano alguno. Allí me encontré con unas 15 personas que, como yo, esperaban la llegada del 25, el cual nos llevaría desde el barrio de Juan XXIII a la Puerta de Jerez. Recuerdo que me puse al sol, porque a la sombra no quedaba sitio. Y también recuerdo que un poco más adelante había una muchacha, que me pareció una niña, también al sol, con un bolso grande, casi macuto.

Arribó el 25 a la parada de la calle Doña Francisquita. Se montaron todos, y yo cogí un asiento de ventanilla, junto a una mujer mayor, que se bajó en la siguiente parada. Yo iba mirando a ratos por la ventana, y a ratos leyendo. Así que, cuando aquella muchacha con aspecto de niña se sentó a mi lado, lo supe porque vi de refilón su mochila celeste.

Seguí a lo mío, sin percatarme por lo que acontecía a 20 centímetros de mí. Hasta que en una de mis desviaciones de atención desde el cristal de la ventana al papel del libro, me di cuenta de que la chiquilla tenía algo en la mano, algo que se movía, algo que le estaba mordisqueando el dedo.

Sólo me atreví a mirarlo de refilón, y en un principio pensé que era una rata o un murciélago, por su tamaño, y por el ruido agudo que emitía. Pero por fin me decidí a mirar abiertamente. Me llevé dos sorpresas. La primera fue que la cosa que tenía la muchacha en la mano no era nada de eso, sino un cachorrillo de perro, con muy poco tiempo de vida, algo que deduje al ver sus ojillos ocultos aún tras sus párpados. La segunda sorpresa vino al girarme hacia la chavala, y descubrir que no era una niña, sino una muchacha mayor que yo, incluso.

No pude evitar una sonrisa al ver aquella criatura diminuta, buscando algo a lo que asirse, y ese algo eran los dedos de la muchacha que lo sujetaba. Le pregunté de qué marca raza era el bichillo, si un galgo o un podenco. Me dijo que no sabía, que creía que era un podenco, pero que no estaba segura. Y procedió a contarme la historia.

Se lo había encontrado en la basura. Abandonado como según la tradicional expresión corresponde a un perro. Ella, veterinaria de profesión, según me confesó, lo había recogido y se lo había llevado a su casa. Allí, me dijo, tenía montado ya un zoológico, con multitud de especies. Uno más no iba a ser molestia. Pero es que no venía solo. Traía consigo a su hermanita, que se encontraba dentro de la bolsa.

Según me contó la chavala, la perrita, la que estaba dentro del bolso, no estaba bien del todo. Tenía un ojo hinchado, seguramente por una infección, apenas comía nada y temblaba continuamente, a pesar del calor ambiente. Sin embargo, el otro nada más que hacía pedir comida, y eso era lo que hacía cuando mordía el dedo de su improvisada dueña: buscar algo de lo que mamar.

“No te puedes imaginar la guerra que dan por la noche; piden comida cada dos horas; cuando uno se duerme, empieza el otro”, relataba la chiquilla; “llevo ya tres noches sin dormir, pero bueno”. Cuando pensaba que iba a empezar a quejarse en cierto modo, me volvió a sorprender: “Aunque den guerra, y no pueda dormir, estoy feliz de poder intentar salvarlos; son una responsabilidad, pero para nada son una carga”.

Finalmente, me dijo que, aunque iba a ser difícil salvar a la hembrita, al menos lo iba a intentar. Le quedarían secuelas, pero ella estaba decidida a salvarla, y a quedarse con ella si lo conseguía. “Seguramente el otro lo daré, pero a ésta me la quedo yo”. Evidentemente, nadie iba a querer un perro medio tuerto, pero no era eso. Se notaba el cariño en su voz y sus palabras.

Luego, ella llegó a su parada en Ramón y Cajal, y sin ni siquiera habernos dicho nuestros nombres, nos despedimos. La seguí con la vista mientras el autobús arrancaba de nuevo rumbo a nuestro céntrico destino. Mientras llegábamos, a mí se me presentaban en la mente todas esas situaciones -que no son pocas- en que nos encontramos hundidos, en lo más hondo del contenedor de la vida, y alguien, quien menos esperamos, y quien más falta nos hace, viene a rescatarnos. Al igual que esos pobres perritos, abandonados cruelmente por alguien que no se merecía su cariño, y recogidos por la mano amable de una veterinaria que sí los sabrá mimar.

¿Quién no se ha sentido alguna vez así? ¿Cuántas veces nos hemos creído muertos en el intento, y al final, en el peor momento, una mano amiga surge de las tinieblas y coge la nuestra, apretándola con fuerza, guiándonos hacia la luz? Una mano que muchas veces pertenece a alguien que, durante nuestra andanza, siguió cada uno de nuestros pasos desde lejos, pero desde cerca a la vez, aguantando la respiración en cada bache del camino, y listo para correr cual camillero del alma a socorrernos en la caída.

Una persona que, cuando las lágrimas nos ahoguen y nos impidan vislumbrar qué hay más allá del velo de tristeza que nos tapa la cara, nos insufle ese aliento necesario en las horas bajas, simplemente susurrándonos al oído un “You’re special, you’re the one”, o un “I’ll be here, always and forever”. Al igual que, seguramente, esa muchacha anónima del 25 hace con sus dos pequeños cachorrillos cada noche.

Finalmente, bajé del autobús en la Puerta de Jerez, y me encaminé con paso firme y decidido hacia la parada de la guagua que me conduciría a casa. Y así, con el sol bañándome el rostro, y oyendo el rumor de las olas del Guadalquivir por encima del mundanal ruido del tráfico de los Paseos de Cristina y las Delicias, feliz y sosegado, me despedí de Sevilla un día más, pensando, quizás recordando, que es bueno saber que siempre hay alguien ahí.