El ronroneo insistente del motor del avion me rescata de los brazos de Morfeo, tras cinco horas de vuelo y dos de sueño. Levanto la persiana de la ventanilla, y mis ojos acogen el espectaculo de luz y brillo que se despliega a lo largo de muchas millas a la redonda. Fuera vuela el viento, ruge Mistral medio dios. Borreguillos esponjosos, reencarnados en nubes traviesas, se entretienen remoloneando entre las alas del grandisimo aparato, esparciendo jirones alrededor del borde de ataque de su cola, jugando al esconder con los pasajeros, al pasar junto a sus ventanas.

Miro a tierra, y me vuelvo Gulliver. Miles de tejados a doble agua conforman un mosaico de tonalidades rojizas sobre el verde tapiz de la Toscana. Al fondo de la escena, los Apeninos aguardan como firmes y estoicos pretorianos, mientras permanece intacto en sus raidas faces el legado de la continua y cruenta, a la par que silenciosa, batalla contra el imbatible tiempo.

Vuelvo a recostarme en el asiento, y cierro los ojos. Entonces recorro esas mismas tierras que ahora me parecen salidas de un belen de pueblo, de casa antigua y patio con olor a polvoron y villancicos. Cabalgo a lomos de un elefante del ejercito de Anibal, y llego a las puertas indefensas de Roma. Mas tarde me toca ser centurion, en auxilio de esas mismas murallas, al mando de una legion que se bate en fiel servicio a su patria ante las hordas vandalas. Luego se hace la oscuridad, la cual, al dispersarse, deja vislumbrar los destellos dorados del paraguas del Duomo sobre la eternamente bella Firenze.

Finalmente despierto de nuevo de mi aventura, y al hacerlo recae mi atencion en los recortes de una gota de tierra en el inmenso mantel azul que se extiende bajo nuestro paso. Sicilia, isla de islas. Por un momento escruto con la mirada sus campos, intentando hallar entre ellos el pueblo de Corleone. Y alrededor de ella, el Mar Nuestro, manantial de culturas, que abraza los destellos de Helios, e ilumina con ellos mis ojos. No me ciega. Me permite ver mas claramente el milagroso oleo que tengo ante mis ojos. Y alli, lejos pero cerca ya, las Islas Hermanas, aguardando silenciosas el momento en que me acojan en su seno, con la experiencia de tantas y tantas gentes a lo largo de su historia.

Vuelvo a cerrar los ojos, y sonrio feliz. Me siento volar sin alas, sin borde de ataque, sin motor. Y en mi sueño, hoy convertido en realidad, me encamino, rasgando el cielo en medio de una marea de luz, y con paso firme y decidido, rumbo hacia el horizonte.