Días de estudio, de espontánea holgazanería. Horas antes de la última prueba. Atmósfera a ralentí. Calor envolvente, oloroso, que asciende desde una copa de cisco, de las de casa del abuelo. La cama desbaratada. Un libro amarillento, medio abierto, encima de la mesilla. Una botella vacía en el suelo, cáscaras de pipas en el cenicero. Lluvia en los cristales y retazos de ese tenue resplandor gris oscuro de última hora de la tarde.

Este espíritu jazzie que siempre he buscado sin saberlo, esta quietud acogedora, de pan y cueva, que me resguarda el ánimo a ritmo de trompeta.