No eran tiempos de preocupaciones. Lo único que queríamos era salir a la calle, correr por los callejones, sentirnos libres mientras la lluvia de febrero empapaba nuestras camisetas desteñidas. No importaba el tiempo. Habíamos derrotado al péndulo del reloj de aquella pequeña tasca que había frente a mi casa. Salíamos de los portales en desbandada. De almuerzo a cena jugábamos a escondernos de los miedos, de las heridas, del invierno.

Yo era Tom Sawyer y tú Huck Finn. Y con nosotros, la pandilla. Los héroes del barrio. En cada esquina se adivinaba nuestra presencia. ¿Recuerdas tu calle empedrada, siempre cuesta abajo, siempre verde en los bordillos, cubiertos de verdina y vinagritos? Aquellas tardes nubosas de marzo, ora sol, ora penumbra, en que nos sentábamos en mi azotea a comer pipas, viendo pasar la tormenta, allá a lo lejos, como si no fuera con nosotros. El viento solano meciendo los árboles de nuestra placita, y el sonido de sus hojas al rozarse, como cuchicheando, advirtiendo de la llegada de la tempestad.

¿Recuerdas la casa de tu abuela, el patio estrecho, encalado con macetas? Lo noto ahora igual que entonces, siempre húmedo, oliendo a lluvia, con ese tono tenue y verdoso de pequeño bosque de bolsillo. Y veo a tu abuela surgir como el ave fénix de las brasas de la copa de cisco, y llamarnos a merendar. Esperábamos inquietos, de pie entre aquella selva con lagartijas y canarios, a armarnos de panecillos, cual tesoro de Injun Joe, y partir hacia el campillo en busca de aventuras.

Nos pasábamos las tardes encaramados a una higuera, mirando al cielo, enmarañando entre borregos esponjosos nuestros deseos, y adivinando, casi inventando, un futuro entonces lleno de polvo de estrellas. Soñábamos sonrientes, como unos corsarios de agua dulce, con espadas de cartón y cañones de gominola. Con las hojas de nuestra higuera en el mascarón de proa. Henchidas al viento, nuestras viejas ropas.

Y al caer las sombras, regresábamos veloces con el rayo en los talones, galopando como demonios enloquecidos, envueltos en el resplandor de la centella. ¿Te acuerdas? El eco sordo del trueno sucumbía ante nuestras voces. Y así, un día más, cada mochuelo en su olivo, observando la lluvia en los cristales, y tras ella la verdina en los balcones, los árboles danzantes, los vinagritos, las esquinas sombrías, los callejones de secretos, el péndulo del reloj impasible en la pared del bar.

¿Recuerdas el día en que todo acabó? Era septiembre. El sol brillaba con fuerza y sólo la chicharra acudió a aquel improvisado velatorio. Los héroes del barrio partieron para siempre. Las plazuelas enmudecieron. Los bordillos de tu calle dejaron de verdear. Se apagó el canto de los árboles, y en las callejas ya sólo hubo almas en pena en la madrugada. Los patios se cerraron, los vinagritos se secaron, y el péndulo del reloj del bar se paró por siempre a las seis y veinte, nuestra hora.

Ya tocaron a su fin aquellos días grises, de grises nubes que nosotros saludábamos sentados en la acera. Y la lluvia gris que resbalaba por nuestras frentes ya jamás volvió a acudir a la llamada de nuestro alboroto. Ya no hubo más panecillos, ni escondites a plena luz de los candiles, ni carreras desafiando a las centellas. No volvimos a gritar por las esquinas, ni a sentarnos en la azotea a observar el horizonte, ni a contar las nubes echados sobre el trigo. No volvimos a decirnos secretos, ni volvimos a reir sin miedo.

Pero recuerda, viejo amigo, las sonrisas soñadoras de piratas vagamundos en un barco de papel que me disteis aquel día, y que guardo desde entonces como nuestro gran tesoro, en ese pequeño cofre de madera oscura, tallado con la rama más alta de aquella higuera nuestra.