Allá en el barrio, en la calle siempre cuesta abajo, donde la chicharra canturreaba entre los matojos secos que verdeaban en marzo, había un residente perenne. No era más que un viejo coche, un Citröen CX, de color azul celeste, como el cielo del oeste en las mañanas soleadas de julio. Un cúmulo de años, enroscados entre la chapa descolorida por el sol tenaz del verano.

Lo llamábamos el Chatarra. Era como un anciano que ya poco podía decirnos de la vida, pero que sobre sí había cargado el peso de innumerables épocas. Y el tiempo, con su implacable mano, lo había anclado en aquel hueco, pegado a la acera, justo frente al número 15.

Muchos días pasamos rodeándolo, con la curiosidad por mirada, preguntándonos cuántas veces habría visto amanecer y cuántas morir el sol. Cuántos rumores de otras épocas, traídos por el viento de solano, habrían llegado hasta su coraza desteñida. Cuántas veces la lluvia eterna habría limpiado del polvo del olvido sus cristales. Cuánto tiempo habría permanecido él, con sus faros cubiertos de saudade, escrutando nuestras vidas, adivinando, quién sabe, qué sería de nosotros a la mañana siguiente.

Y sin embargo, a pesar del surco que los días abrían en nuestras almas, allí seguía él, silencioso quieto e inamovible como un milenario olivo de tronco nudoso. Respirando el aroma de los jazmines, en aquellas noches de agosto, de canto de grillos, cuando jugábamos al escondite a la luz tímida de las farolas. Treinta y cinco, lento, media vuelta, ¡por el Chino! Todos atrincherados tras la larga hilera de coches, como parapetados ante una inminente guerra. Y nos delataban. Se aupaban sobre sus ruedas y nos dejaban al descubierto. Y él, nuestro viejo amigo, nos acurrucaba contra sí, echado completamente sobre el suelo, como descansando de tantos años de rutina bajo el mismo cielo.

Él sabía de muchas cosas. Nos contaban nuestros padres que ellos paseaban de la mano siendo novios, y el Chatarra ya estaba allí. Luego vinieron otros desde lejos, y el Chatarra los saludó, con las ruedas medio vacías acusando la carga de los testarudos años. Esos días, los hijos de aquellos que otrora conocieran al Chatarra cuando aún era “la bala celeste”, atendían boquiabiertos a las palabras de su amo, su compañero de fatigas. “La bala, la bala…”, decía, con su acento cerrado de la Campiña empapado de nostalgia. “Ya demasiado ha hecho por un pobre viejo como yo. Ahora ya por fin descansa”. Y callaba, para darle una calada al ducados, casi con una sonrisa asomando a la comisura de los labios.

Un día, vinieron. Armados con un monstruo mecánico vinieron, y lo arrancaron de su sitio emérito. Nos dejaron sin él. Pero nosotros no estábamos para impedirlo. Le habíamos fallado. Tantas tardes recostados en su capó, mirando al cielo y a los balcones con geranios. Tantas historias, contadas a la sombra de una pared encalada, con los pies apoyados en sus puertas. Tantas veces como habíamos mirado en su interior, creyendo encontrar un viejo tesoro escondido, un secreto hace vidas olvidado. Pero nosotros no estábamos allí. Lo habíamos abandonado.

El viejo Chatarra… Él fue el primero en llegar, y también el primero en partir. Antes que a nosotros mismos, a él lo conocimos. Testigo del perdón de todas las peleas en diez calles a la redonda, mudo confidente de secretos pactos de sangre, fiel compañero que nos prestaba su espalda para recuperar el aliento carrera tras carrera. Era nuestro Padrino, siempre velando por nosotros.

Pero ahora un silencio pesado se movía entre nosotros como un fantasma. Nos sentíamos vacíos, sin el sordo destello de cristales empañados por el paso de las tardes, sin esos faros alumbrándonos con su tristeza de largos otoños. Tan sólo había un surco en el suelo. La tierra, el polvo, las pelusas se acumulaban, formando un epitafio sin palabras.

Y allí permanecíamos todos, anclados en la puerta encalada del número 15, como él lo estuvo lentas tardes. Uno tras otro, en hilera, como un equipo hundido que se ha dejado la ilusión en la cuneta. Contemplábamos, con mirada vidriosa, la gloria perdida de su trono inmortal. Sobre nosotros, sin darnos cuenta, nos consolaba el cielo eterno de agosto, teñido de un celeste tenue, como de saudade. Como el que durante veranos infinitos atesoraron aquellos cuatro pedazos de chapa raída.