Lo llamaban Chispelo. El padre de los Sevillanos. El marido de aquella republicana de la capital. De ella dicen que bordó la tricolor, que leía a voces el diario en la plaza, que alborotaba a los campesinos. Pero de él, nada cuentan los ancianos. Sólo que nunca habló o pensó de más. Que nunca se metió en escándalos, ni participó en nada de puertas afuera. Un hombre noble, una bella persona. Pero un día de aquellos calurosos, en el verano del horror, los moros preguntaron por la Sevillana con tres puñetazos en su puerta. “No puede irse, está enferma en la cama”, les respondió su marido. “¡Pues vente tú!”. Lo cogieron del pescuezo, y lo llevaron por las callejuelas hasta la plaza de la Iglesia. Allí se pararon, y el Chispelo quedó quieto, callado, sin volverse. Una bala cayó sobre su espalda con el fragor del trueno, y clavó las rodillas en los adoquines, entre un charco de sangre. El padre de los Sevillanos arrastró su agonía hasta la puerta de la sacristía, por cuyo vano asomaba una sotana de color muerte. El Chispelo alzó la vista, suplicante, pero sólo recibió un bramido por respuesta. “¡Rematadlo!”. Unos pasos de botas se acercaron, y el cañón de una Astra 400 dictó sentencia. Luego el silencio cayó a plomo, y el miedo siguió resbalando por las paredes desconchadas.