Hace ya tres días que se disputó el derbi entre el Betis y el Sevilla. Los nervionenses vencieron sólo por 0 a 2, pero realmente nos pasaron por encima. Sin duda es una derrota más de entre las muchas con las que ya cuenta el Betis, pero sin duda es una que ha caído como una losa sobre el ánimo del beticismo, ya que ha colmado el ánimo de toda una afición que lleva tres años viendo, paciente y renegada, cómo su equipo se ha ido hundiendo en la mediocridad.

Tres años haciendo el ridículo en la Liga y en la Copa, con incidentes escandalosos encarnados en botellazos, con cierres de estadios, con peleas con la Federación y con otros clubes, coqueteando con el descenso, y aguantando encima los desplantes y los órdagos de una directiva del tebeo.

Tres años aguantando al dueño del club, el personaje más estrafalario e impresentable que se puede echar uno a la cara. Una persona que coloca a títeres en la presidencia, y que antes amenazaba con irse cuando se le criticaba, pero que ahora basa su estrategia en decir que no acudirá al palco del estadio.

Un estadio que, por cierto, lleva a medio terminar desde 2000. Debería haber estado concluido desde justo un año depués, pero la realidad es que aún no tenemos ni la planificación para la demolición de las dos gradas que faltan.

Tres años de fichajes de chiste. Una secretaría técnica, liderada por Manuel Momparlet, que no da palo al agua. ¿Cómo es posible aspirar a algo que no sea la permanencia por los pelos con una plantilla en la que se integran jugadores como Xisco, Pavone, Odonkor, Nano, Arzu, José Mari…? Y lo peor es la publicidad que se da a estos jugadores, como si fueran cracks, cuando algunos realmente son bromas de mal gusto.

Y todo con el tema del entrenador pendiente. Tras Serra Ferrer, el último hombre capaz que ocupó el banquillo del Betis, sólo han venido ineptos. Y ahora que por fin viene alguien que da la talla, los directivos se plantean no renovarle. Como si Chaparro no hubiera hecho méritos al salvar al Betis con una plantilla de Segunda.

Por esto, y por mucho más, aún no se entiende cómo hay béticos que continúan resignándose ante la situación por la que atraviesa el club. Y mucho menos es de recibo que haya un grupúsculo de aficionados que aún defienden la nefasta gestión (por llamarlo de algún modo) de Lopera y su directiva.

Escuecen como nada, en estos días de apatía entre la afición bética, los comentarios de personas que afirman que “la plantilla es de calidad” o que “podemos estar contentos de tener este equipo y esta directiva”. Comentarios que, ante una evidencia como la del pasado domingo, se traducen en otros como el de “hay que animarse, que el Sevilla no va a la Champions”. ¿Y qué importa el Sevilla? ¿Acaso somos sevillistas? No, somos béticos, y no tenemos que fijarnos en lo que hace el vecino, sino en lo nuestro, que ya es bastante.

Pero no es de extrañar esta actitud cainita, de los que se ríen de la desgracia (¿desgracia?) de los del barrio de al lado para ocultar la suya propia (mucho mayor, dicho sea de paso). Este afán conformista es el mismo que destilan aquellos a los que defienden estas personas. Esa directiva que se niega a trabajar por el club del que dicen formar parte hasta el punto de afirmar que “yo soy el Betis” (Lopera dixit). Ellos son el club, y por eso niegan la posibilidad de un proyecto ambicioso y de futuro, con sólo 10 millones de presupuesto para fichajes y, una vez más, el conformismo por bandera, al aceptar como válida una plantilla de chiste como la actual.

Ellos, los dirigentes del oficialismo mediático, a través de Radio Jabugo, desprestigiando a la mayoría crítica del beticismo, y difundiendo únicamente el cuento cansino del señor Lopera y sus secuaces. Y al mando del equipo de voceros loperistas, Iván Larriba, el hombre de ‘La hora de la verdad’ (la de Lopera, claro). El señor Larriba, el mismo que acosa laboralmente a sus propios trabajadores.

Ellos, los de las Juntas de Accionistas de vergüenza (y II). Los que callan cuando los de “los fichajes de los 20 duros” ahora nos dan repasos cada vez que nos cogen, y cuando no, también. Ellos, los que reventaron el Centenario de mala manera, dejando forzosamente fuera a los que lo estaban haciendo bien.

Duele que haya persona que, incluso en las peores horas, sigan haciéndose llamar béticos, mientras continúan defendiendo a los que chupan la sangre de este club, que son los mismos que provocan que la gran mayoría de los que llevamos el corazón verdiblanco hoy tengamos que caminar con la cabeza gacha.

Duele ver que hay gente que sólo se acuerda del 92, sin saber que el 92 ya pasó hace mucho tiempo -para el Betis y para Sevilla entera-. Hoy estamos en 2008, y la realidad también es muy dura, como entonces. Hoy es el día para que todo cambie. Como entonces. Pero de forma diferente. Hoy no necesitamos un caudillo. Hoy necesitamos un Betis libre.

Pero mientras tanto, mientras media Sevilla alza la cabeza como puede bajo el peso de la tristeza, aún hay ciertos elementos que, engañados, convencidos o interesados, continúan vendiendo humo y mentiras. Unos cuantos locos y maleantes que siguen deleitándose en su indolencia, mientras los demás soportamos estoicamente el bochorno que nos ha tocado vivir.

Por suerte, y a pesar de los pesares, cuando nos encontremos hundidos en la miseria, siempre podremos mirar al Cuarto Anillo, para encontrar a alguien que diga aquello de ‘¡Viva el Betis manque pierda!‘.