Nel mezzo del camin del mes de julio (seguimos con el intertexto, que está to guapo), el viento de solano nos trae un aroma a tierra mojada, refrescante como agua de mayo, que asienta el polvo y despeja el camino ante nuestros ojos.

Bien es cierto que nunca llueve a gusto de todos. Hay expectativas que no se cumplen, y también importantes puertas que se cierran, pero aunque esto sea algo duro (que lo es, y mucho), siempre en algún otro lugar hay otra puerta que se abre. Una de esas puertas, al dar el portazo, deja paso a la Ira y el Fuego que vendrá en septiembre. Aún es pronto para saber qué deja al descubierto la otra puerta. Más adelante sabremos qué nos depara el solano.

Y como el torrente de agua que arrastra la hojarasca, así de bien viene un par de días de absoluto relax en Villamartín, sin preocupaciones y sin todos esos fantasmas que muchas veces nos saturan la cabeza. Un oasis en el que sólo hay vino, risas, baile, piscina, fiesta, comida y amigos -nuevos y conocidos-. La ocasión perfecta para deshinibirse, echarse a la espalda todo el lastre y pasarlo mejor y reir más que durante todo el último año.

Mucho es lo dicho, mucho hay por contar. Pero todas estas palabras se perderán como lágrimas en la lluvia, pues no son más que una efímera tormenta, como esas tormentas estivales que apenas acarician con sus gotas los eriales sedientos de cosecha. Dejemos ahora que la corriente nos arrastre suavemente hacia un lugar desconocido. Es tiempo de que el sol estival seque los charcos y haga florecer las parras de las que nacerá el vino de la alegría que beberemos durante el otoño.

Ese sol al que acompaña la chicharra con su solo de saxo y su cansino blues. Ese sol bajo el que, a pesar del aguacero, sigue sin haber nada nuevo.