Anoche, con nada más interesante que hacer -excepto dormir catorce horas del tirón-, y siempre en buena compañía, le di un homenaje a mi sentido del humor y a mi capacidad de reír con una de las siempre magníficas películas de Astérix y Obélix, en este caso Astérix y Cleopatra. Mola muchísimo repasar todas aquellas escenas que viste cuando eras chico, y partirte el culo con aquéllas que no entendías muy bien porque eras un renacuajo (“¡Oh, un alejandrino!”). Pero sobre todo gusta rememorar esa mítica oda de Astérix y Obélix a las bondades del mayor placer universal que existe: comer como una lima sorda.