El rey Melchor

Melchor viajó a Roma para ver a Ben-Hur a los mandos a las riendas de su cuádriga. Mientras recorría la inmensa urbe, entró en un tugurio donde había dos borrachos plebeyos jugando a los dados. Éstos le enseñaron a jugar y le animaron a apostar. Con el tiempo se enganchó al juego, y finalmente perdió toda su fortuna. A raíz de esto tuvo que emigrar a Alemania Germania para ganarse la vida recogiendo karltoffen papas.

Allí conoció a Yvana, una bella rumana dacia que había huído de la tiranía del bárbaro Ceaucescux (tirano al que más tarde le daría leñita buena Trajano Magno). Se casaron arrejuntaron y tuvieron un hijo. Cuando éste tuvo edad suficiente para poder ser mandado a tomar por culo sustentarse por sí sólo, Melchor e Yvana viajaron por todo el Imperio a bordo de un crucero de Viajes Vándalos -una filial de Atila Airlines-, que ofrecía como reclamo turístico la posibilidad de saquear las ciudades que visitaban, e incluso meterle fuego a los puertos (aunque para disfrutar de esta opción había que pagar un plus para gasolina aceite).

El hijo de ambos, por su parte, aborreció pronto el oficio de recogedor de papas. En realidad se sentía cómodo en Germania, pero quería conocer esos animalitos -completamente desconocidos en aquellas tierras norteñas- de los cuales le hablaba su padre cuando era pequeño: los gorriones. De este modo, partió rumbo hacia el Sur, camino del Imperio.

Anduvo mucho, hasta que tuvo señales de que era oportuno poner fin a su viaje -en concreto, dichas señales se manifestaban en forma de una gruesa capa de callos que le protegía las suelas de los pies-. En un sitio en medio del campo, cerca de un caudaloso y ancho río, montó una taberna -después de todo, no quería desprenderse de la pasión cervecera que había acuñado en Germania-. Automáticamente, y en cuestión de días, las casas fueron rodeando el local hasta conformar una gran urbe. Así quedó fundada la ciudad de Híspalis. Desde entonces, los hispalenses han adorado al hijo de Melchor -llamado Gambrinus- mediante ofrendas colectivas de cerveza, altramuces y aceitunas que le dedican en los altares erigidos en las tascas.

Durante todas las generaciones venideras de la estirpe de Melchor, la taberna hispalense fue el negocio familiar, hasta que, ya en nuestros días, el tataratataratataratataratataratataratataratataratataranieto del antiguo rey se metió a futbolista y fue fichado por el Real Madrid. A pesar de que el muchacho es en la actualidad un jugador de renombre y reputación mundial, admite con orgullo que siempre habrá un hueco en su corazoncito para sus humildes antepasados. Por eso, como homenaje hacia ellos, se hace llamar Rafael Van der Bar.