¿Dónde estaban ustedes tal día como hoy, hace justo un año? Posiblemente estuvieran trabajando ya, o tal vez en clase, dado el caso. Aunque quizá permaneceran en ese perfecto estado de vagancia previo al comienzo de la actividad académica/profesional.

Doce meses atrás, servidor de ustedes aún estaba degustando los placeres de la isla de Calypso, apurando las últimas horas como si la vida se fuera a consumir repentinamente cuando un avión de Alitalia despegara sus ruedas de la pista del aeropuerto de Luqa.

El sol eterno del Mediterráneo chocaba con la inmensa tristeza al despedirme, a través de la escotilla, de la isla de los Cominos. Roma me esperaba, encapotada con un manto lluvioso, como siempre que nos vemos. El mismo manto que, a la mañana siguiente, cubría Sevilla.

No fue agradable levantarse con el constante goteo del tejado. Aquella tenue luz grisácea que entraba por las rendijas de la persiana no era el mejor remedio para quitarse de encima quince horas de vuelo y otras tantas de llanto. Cuanto menos, esperaba encontrarme el mismo sol que en San Julián, pero la realidad cobraba vida en forma de diluvio impropio de estas tierras.

Hoy, como entonces, llueve. Aquel día caía el agua por momentos, como sollozos entrecortados. Hoy lo hace de corrido, sin parar, suave y lentamente, como una caricia sobre la tierra sedienta. La de aquel lejano septiembre era una ducha fría que nos despertó de un sueño efímero. El de hoy es un rumor que reconforta al falto de sosiego.

Hoy es ese día que no falta en ningún año, perfectamente programado para que, justo antes de emprender la vuelta al camino laborioso, podamos preparar los bultos que nos acompañarán en nuestra empresa, y también dejar presto el hogar para nuestra vuelta. Hoy es día de guardar el ventilador, de ventilar la ropa de abrigo, de limpiar de ceniza vieja el fondo de la chimenea y de rescatar esa carpeta raída que yació olvidada durante meses en cualquier estante polvoriento. Hoy es día de café y lecturas, de conversación y jazz tranquilo. Hoy es día para sentarse junto a la ventana, y disfrutar de la lluvia.

Esta lluvia que anuncia ya el otoño, que destierra las calzonas hasta mayo, que pone fin con su goteo sordo al Gran Septiembre, el mes de lo imposible. Octubre está a la vuelta de la esquina. Reencuentros con amigos añorados, abrazos y jolgorio en los pasillos. El cielo gris declara inaugurados los treinta días del mes de lo posible. Allá en el horizonte, tras las nubes, el sol de bronce alumbra nuestros pasos.