colgaduraEn estos primeros días de enero, cuando ya toca retirar los belenes y otros adornos navideños, hago inventario del año viejo, recuerdo lo poco que he ganado, lo mucho que he perdido, y todo lo que he dejado en el camino, y me queda una gran lista de fracasos, malos momentos, tropiezos, desilusiones, palabras feas, malas acciones y buenas acciones ajenas no correspondidas con otras buenas acciones propias.

Es algo habitual, cada Navidad. Esta época de -supuesta- unión familiar, cercanía con nuestros amigos y allegados, amor e ilusión es, un año más, un tiempo de familias separadas, de distancia con los que queremos, de soledad y de melancolía.

En estos días en los que los últimos ecos de la Navidad se pierden en lontananza, recuerdo los años en que estas dos semanas estaban plenas de luces, de carreras, de risas, de cenas familiares, de lumbre y villancicos, de turrón, de belenes y de Reyes. Alegría y calor, de forma sencilla. Poco que ver con el tiempo frío, aburrido, silencioso, apagado, artificioso y fantasmagórico que es hoy.

Siempre, cuando algo se acaba, se dice -a veces más como consuelo que como otra cosa- que lo más importante es lo que queda. Y esto es lo que me queda tras la Navidad: un cúmulo de tristeza y de vacío. Nada con lo que afrontar el año que entra, y que -me dicen todos, como para animarme- viene cargado de cosas buenas, pero seguro que no es más que ese espejismo de hielo de las primeras semanas, que se desvanece con el calor de febrero con el que el perro busca la sombra.

Pero al ver esas colgaduras del Niño Dios que hasta hace dos días adornaban los balcones, en el lugar donde hace un año había un gordo borracho empijamado, entiendo que la Navidad, el nacimiento de Cristo, no está del todo acabada. Y, aunque sea sólo por consuelo, como para animarme, es bueno pensar -y saber- que tras la Navidad no sólo hay tristeza, soledad y malos recuerdos. Que al final también nos queda la esperanza.