No sufras, caminante, si algún día
te faltan fuerzas para dar un paso.
Aguanta, no decaigas, saca nervio
del fondo de tu ser, y mira al frente.
No llores si te hieres las rodillas
después de tropezar con un peñasco.
Levántate, despójate del polvo,
sostente con firmeza en tu cayado,
prosigue tu periplo sin descanso.
Nunca bebas del pozo del desánimo,
mejor sacia tu sed con lluvia fresca.
Que el viento mezca tu melena suelta
y no te ciegue el sol del mediodía.
Que los mirlos te alivien con su canto
y te guíen las estrellas en la noche.
Mantén la vista alzada, y guarda siempre
un poco de esperanza en tus alforjas.
Compañero, no dejes de mirar
el horizonte, olvida los pesares,
ríe ahora y disfruta del viaje.
Recuerda que al final de este sendero,
cuando veas la puerta de tu casa,
tan sólo guardarás como recuerdo
las largas siestas junto al arroyuelo,
las nubes sobre los trigales verdes,
las risas de los niños de aquel pueblo,
jugando al esconder bajo el aroma
de naranjos en flor en primavera.

30.I.2009