Una noche, estábamos de servicio en la Alameda de Hércules el inspector Ricado Pacheco, el agente Javier Álvarez y yo. De repente, vimos a dos chavales a lomos de una motillo, y caímos en la cuenta de que eran los mismos a los cuáles llevábamos un rato observando mientras merodeaban por el lugar.

Estaban a punto de pasar junto al vehículo camuflado cuando les ordenamos que se detuvieran. Lejos de eso, salen pitando, asustados porque pensaban que les íbamos a robar. El agente que me acompañaba salió corriendo tras ellos, y agarró de la camisa al que iba detrás, con tan mala suerte que se la rasgó por completo, así que no tuvieron más remedio que pararse.

Los identificamos, y nos confesaron que habian venido a “echar una canita al aire”. Pero el pobrecito de la camisa rota no paraba de clamar por ella, diciendo que estaba nueva y era su favorita. “¿Quién me la va a pagar?”, preguntaba ansioso, una y otra vez. Así que el inspector, ante este tormento humano, no vio otra solución mejor que decirle lo siguiente:

– No te preocupes, muchacho. Mañana por la mañana, vas a la Gavidia y preguntas por la secretaria del Jefe Superior. Ellá te dará un vale para que vayas al Corte Inglés. Allí te puedes comprar la camisa que más te guste. Nosotros ya le explicaremos lo ocurrido.

El joven, apaciguado, decidió marcharse junto a su amigo. Aunque nosotros no imaginábamos que los chavales no iban a ser capaces de captar el evidente tono de guasa con el que el inspector había pronunciado sus palabras.

El día siguiente, nosotros teníamos turno de tarde. Yo fui el primero en llegar. El jefe del grupo nos estaba esperando.

– García -se dirigió a mí-, ¿ustedes tuvísteis anoche algo en la Alameda?
– ¿Nosotros? Nada particular.
– ¿Seguro?
– Sí, lo único que pasó fue que identificamos a un par de chavales en una moto, y Álvarez le rompió la camisa a uno.

El jefe montó en cólera.

– ¿Y te parece poco? Esta mañana me han llamado de la Jefatura, preguntando que si mi gente había estado anoche en la Alameda. Y como yo me olía por dónde iban los tiros, les dije que habíais estado en Triana.
– ¿Ha pasado algo?
– Pues nada menos que se ha presentado allí un tío diciendo que unos policías de paisano le habían roto una camisa, y que le habían dicho que tenía que ir a allí a recoger no sé qué de un vale para ir al Corte Inglés. Y como le han dicho que no, pues se ha tirado el tío toda la mañana formando la pajarraca en la puerta.

De este modo, gracias a nuestro jefe de grupo, Manuel Chaparro, nadie se enteró nunca de que fuimos nosotros, y nos libramos de que nos cayera un buen paquete.