Me despido de Los Remedios con la Plaza de Cuba ya a mis espaldas, y sigo cruzando lentamente el puente de San Telmo. Al final, a la izquierda, una rampa adoquinada me lleva hacia la calle de Rafael Jardines Montesinos, el Muelle de la Sal. Es media tarde, y el bullicio de los coches que transitan el vecino Paseo de Colón, a mi derecha, se confunde con el altavoz de algún barco cargado de guiris, que anuncia una nueva excursión por el Canal de Alfonso XIII.

El lugar hierve de gentío al amparo del sol de primavera. Muchos ciclistas pasan por mi vera sobre el tablado que hace de carril-bici, mientras varios forasteros -y otros de la tierra- arman bulla en un chiringuito que flota sobre el agua, no lejos de la orilla. Hay quien pasea tranquilamente bajo los plátanos de sombra, y quien se sienta en el borde de piedra caliza a observar, con los pies colgando, cómo los piragüistas juegan al baloncesto en el agua.

A mi derecha, la Torre del Oro se alza enhiesta, bañada por la luz de abril, con el esplendor morisco de otros siglos. Pero pronto, unos pasos más al frente, vuelvo al presente, de la mano de Chillida y su Monumento a la Tolerancia. Y al concluir el trayecto, en mi lugar favorito, la estación final de este viaje por la historia. Eiffel nos llena de encanto con el puente de Isabel II, el de Triana.

Varias parejas sentadas en los bancos disfrutan de la brisa marismeña, y algunos foráneos aprovechan para dorarse con el último sol de una tarde que ya cae. Los niños corretean bajo el arco del puente, y un cachorrillo juegaentre ellos, feliz, moviendo el rabo sin descanso.

El cielo ya se vuelve púrpura, y sobre el puente se prenden los faroles. Al frente, la calle Betis toma vida, y a la espalda, el Centro es un dédalo de bares y leyendas ocultas. La niña Triana saluda a la Giralda incandescente. Una explosión de luz recorre el firmamento, y las dos orillas surgen de las tinieblas, sobre las aguas, hacia la vida.

Bienvenidos a Sevilla.