Las campanas del Ayuntamiento repican a sábado. Diez golpes de martillo resuenan en la Plaza Nueva, allí donde se alzaba el antiguo convento de San Francisco. El sonido vibrante se entremezcla con las voces alegres de las gentes que pasean por la plaza, que cabalgan a lomos de una bici, o que charlan sentadas en los bancos, con grandes montones de pipas entre sus manos.

San Fernando, el rey bético, contempla todo desde su altar de gloria. Una sencilla reverencia al monarca, y me pongo en marcha. Por una de las esquinas de la plaza salgo a la Avenida de la Constitución. La tengo ante mí, ancha e interminable, como un paseo hacia el cielo, con ese suelo gris del nuevo siglo, y esas farolas fernandinas de las que emana un aura color siena, como en una foto antigua de dos jóvenes sonriendo a la cámara en la Plaza de América del 29.

Los naranjos saludan al visitante, y su olor a azahar lo abraza todo. Camino entre cientos de personas, que ora hacen fotos, ora comen helados en unos veladores, ora admiran viejas portadas de diarios expuestas en marquesinas. Pero no dejo de mirar hacia arriba, y me sorprendo al encontrar, entre edificios de nueva planta que desentonan con la escena, varias fachadas mudéjares de principios de siglo XX, como la de la Confitería Filella.

Aún Ganímedes me saluda desde lo alto del consulado alemán, y yo ya desfilo por delante de la Catedral, con su nueva cara, su brillante color albero y sus misteriosas inscripciones en color carmín, hechas a sangre y fuego sobre la piedra centenaria del Puerto de Santa María. Más adelante, una paradita al otro lado del Atlántico, junto al Archivo de Indias, cercanos al fin del trayecto.

La campana del tranvía ya me avisa de que la última estación no queda lejos. Ya veo unos destellos al final de la Avenida. El mundo se ensancha y llegamos al Edén de Cristina, con su antiguo encanto vestido de nuevo, alegre y de fiesta como siempre. El río trae un familiar olor a salitre de otros lares, y la noche bulle y resplandece. Se para el tiempo en la Puerta de Jerez, a la luz de los candiles. Rugen en silencio los leones de la anciana Híspalis, y la eterna Madre nos guarda desde su carro de incontables siglos.

Bienvenidos a Sevilla.