Sevilla queda atrás, allá a lo lejos, como una colección de casas en miniatura, mientras subo por la Cuesta del Caracol, entre los Jardines del Carambolo. La puerta del Aljarafe. Colinas serpenteantes en el horizonte, salpicadas de olivos, rayadas por algún camino que lleva a un más allá desconocido.

Frente a una gran cascada, y desde lo alto de su enhiesta columna, cual plebeya trajana, una aguadora recibe al visitante, junto al Museo de Gastronomía, hogar de placeres incontables. Me adentro en Castilleja de la Cuesta, por su Calle Real, antiguo límite del municipio, y hoy travesía entre lugares.

Tras saludar a los Hermanos Reyes, en su rinconcito de siempre, una calle adoquinada me lleva hacia la Plaza de Santiago, con sus cuatro arcos vigilantes y abiertos al mundo. Allí, en un banco, entre el frescor de la brisa y el aroma a azahar, me imagino sentado en un banco junto al Apóstol Santiago, disfrutando de una de esas tortas de polvorón de la Primitiva, de las de nuestro añorado Andrés Gaviño.

Bajando por la calle de Hernán Cortés me encuentro de frente con la efigie del Conquistador, erguido silente y expectante en el muro de su palacio, ahora colegio de las Irlandesas. De torta a torta y llego a la calle Inés Rosales, un poco más arriba. Un enclave comercial con el nombre e incluso el olor de la clásica -y aún viva- repostería tortera de Castilleja.

Vuelvo al barrio, a Diego de los Reyes, a su viejo mercado con fachada de hierro y de cristal. Al bar Canela, al Kiosco de Juan Antonio el Cáscara. Nada cambia, alegremente. Y aunque ahora el puente sea más alto que nunca, allí sigue  el Faro, al otro lado, con la luz de sus calles estrechas, de sus casas bajas, de sus gentes sencillas. Con el nítido recuerdo de la infancia en medio del bullicio de la autopista. Con el espíritu antiguo de un pueblo en estos agrestes tiempos metropolitanos.

Bienvenidos a Sevilla.