Vuelvo al barrio, a Diego de los Reyes,
al antiguo mercado con fachada
de hierro y de cristal. Al bar Canela,
al eterno aroma a vino y caracoles.
Allí donde se sienta Juan Antonio,
el Cáscara, con el sillón de sky,
debajo de los plátanos de sombra.
Aún siento gritar a los chiquillos
al fondo de la calle, en los columpios,
y se escucha la voz del cuponero
pregonando la suerte en una esquina.
En el barrio las horas pasan lentas
como pasa la historia por sus calles,
por esos personajes que no cambian.
Es esa algarabía que no cesa,
que te arrulla y te mece y te acomoda,
que teje el gran tapiz de nuestras vidas
con hilo de color de tarde antigua,
como tejen tresillos en invierno
las viejas de la tienda del Barbero.
Es ese puente anciano y encorvado,
testigo de odiseas y retornos.
Es El Faro y la luz de las callejas,
las casas bajas, de zaguán y patio,
los viejos de cigarro y mecedora
contando historias al caer la tarde.

30-VI-09