Distinción no es ponerse los pelos de color naranja butano, o verdes, o azules, ni vestirse de un modo llamativo, como hacen los góticos o las pijas de discoteca (cada cual es llamativo a su manera). La distinción no viene por tener el mejor MacBook,  o un iPod Touch, o el último modelo de Blackberry. Tampoco se es más distinguido por tener el keli más grande del barrio, o el perro más fiero, o por ir de malo malote en un Astra GTC con el requetón feo a toa leche. Tampoco es un símbolo de distinción volverse un gafapasta cultureta de festival alternativo y cancamusa artística cultura de la remezcla, ni escuchar el grupo más indie de la escena islandesa de rock electrónico. Y mucho menos se distingue del resto quien exhibe su tendencia pacifista, o el que apoya la causa ecologista, ni siquiera el jovencito revolucionario de palestino al cuello que lucha contra el injusto y devorador sistema capitalista.

Distinción es salir a pasear por Sevilla a las tres de la tarde de un 9 de julio cualquiera y ser el único que tiene huevos de no ir por la sombra.