Ayer tenía cita con mi dentista, Hermenegildo, un hombre afable y cordial que siempre anda con bastante ajetreo, pero a veces se para a saludarme y me pregunta, con aire de condolencia, “¿Y con el Betis qué hacemos?”. Llevo visitándolo desde que tenía nueve o diez años, cuando su consulta estaba encima del Cine Avenida de Marqués de Paradas, y es algo que siempre me gusta volver a hacer.

Desde que era pequeño, por allí han pasado todo tipo de asistentas y empleadas (todas chicas, curiosamente). Muchas estuvieron sólo un tiempo, pero algunas permanecieron. Ahí sigue Bea, a quien tengo mucho cariño porque me ha visto crecer desde que era un carilampiño adolescente con acné y voz chillona. Siempre que me revisa ella, me pregunta por mi vida y yo le cuento lo que hago y cómo me va todo. Como si todavía fuera ese muchacho inocente de trece años.

Ayer no me atendió ella, sino una muchacha nueva, de piel cobriza y sencilla belleza. No sé cómo se llama, pero habla con un asento venesolano, casi en un susurro, muy dulse y lindo. Mientras me recostaba en el sillón me preguntó “¿Cómo estás, Jesús?”, y por un momento volví a ser ese muchacho de trece años, ése que tímidamente gustaba de mantener conversación con la doctora para vencer el miedo a los terribles instrumentos de trabajo que usan los dentistas.

La revisión duró poco. Me despedí de la doctora y de su lindo asento. Me había felicitado por haberme cuidado los dientes, así que me puse contento, como cuando era niño. Desperté de mi pompa infantil cuando me encontré en el pasillo con la mujer de Hermenegildo, que se quedó mirándome extrañada. Luego sonrió y me dijo: “¡Qué barbaridad! Si es que con esas barbas no hay quien te reconozca…”.